Álvaro Acebes

Rafael Chirbes o la incomodidad de la memoria: contra el relato complaciente de la Transición

_ Raúl Ordás

En un panorama literario donde la Transición española ha sido con frecuencia narrada bajo el signo del consenso, la reconciliación y cierta complacencia retrospectiva, la obra de Rafael Chirbes se alza como una de las lecturas más incisivas, incómodas y moralmente exigentes de ese periodo y sus consecuencias. Lejos de cualquier tentación mitificadora, Chirbes construyó, a lo largo de su trayectoria, una narrativa atravesada por la memoria, el conflicto de clase, la corrupción de los ideales y el desgaste ético de toda una sociedad.

En esta entrevista, conversamos con Álvaro Acebes a propósito de su estudio sobre el autor valenciano, un trabajo que no solo revisa en profundidad su proyecto narrativo, sino que también lo sitúa en diálogo con otras tradiciones críticas y con los silencios —voluntarios o inducidos— de la cultura española reciente. A través de cuestiones como la noción de la Transición como “transacción”, la poética de las ruinas o la incomodidad deliberada del lector, Acebes propone una lectura de Chirbes como un escritor radicalmente comprometido con su tiempo, pero también resistente a cualquier forma de domesticación crítica o institucional.

El resultado es una reflexión que interpela no solo a la literatura, sino a la manera en que una sociedad se cuenta a sí misma, se recuerda —o se olvida— y construye sus propios relatos de legitimidad.

1.- Su libro parte de la idea de que la obra de Chirbes constituye uno de los retratos más lúcidos de la España contemporánea. ¿En qué sentido diría que su narrativa logra una visión más penetrante —o más incómoda— que otros relatos literarios sobre la Transición y sus consecuencias?

Conviene indicar que Rafael Chirbes nunca estuvo solo en la tarea de analizar y desentrañar el entramado moral de la España surgida de la Transición. Antes que él hubo otros escritores, a los que hoy, sin embargo, nadie lee. Pienso, por ejemplo, en nombres que deberían ser imprescindibles como Mercedes Soriano, Miguel Espinosa o en José Antonio Gabriel y Galán, autor de una novela portentosa titulada Mucho años después (1991). Algunos como el gran José Avello, están siendo recuperados gracias al esfuerzo de amigos y editores. Lo que emparenta a Chirbes con estos autores y, a su vez, lo distingue es, que más allá del desencanto y el escepticismo con que se contempla un mismo proceso histórico, encontramos el empleo de distintas estrategias y enfoques. Pienso, por ejemplo, en que uno de los grandes valores de la literatura de Rafael Chirbes es la coherencia interna que hay dentro de su proyecto narrativo y, al mismo tiempo, la comprensión que muestra de los mecanismos históricos que operan sobre el presente, es decir, sobre los múltiples pasados que lo habitan e intervienen sobre él. Esa mirada, además, de original y tremendamente lúcida, es corrosiva e incómoda y, naturalmente, alcanza al lector, obligándolo a hacer un ejercicio de reflexión crítica, a veces demoledor, sobre el modo en que se nos ha contado un relato sobre nuestro tiempo y las gestiones que el poder ha hecho del mismo.

2.- Usted insiste en la noción de la Transición como “transacción”. ¿Hasta qué punto considera que esta lectura ha sido resistida por la crítica y el canon, y cómo dialoga la obra de Chirbes con ese silenciamiento o maquillaje del pasado?

Bueno, hay que aclarar que esa es una frase de Chirbes, no mía. El escritor siempre entendió que la literatura que verdaderamente importa es aquella que te mira por dentro y por fuera, la que tensa los límites entre lo público y lo privado y, como él solía decir, te hace ser síntoma y testigo de tu tiempo. En el caso de la Transición, un tema medular en su obra, Chirbes se apartó rápidamente de las visiones que presentaban el proceso como un fenómeno pacífico y feliz, un mito fundacional o relato modélico que se podía exportar al exterior, y advirtió de las consecuencias de una operación de borradura que ocultaba muchas sombras, las que hablaban de cuarenta años de dictadura y el pecado original de la Guerra Civil. Esquivar o maquillar esos episodios traumáticos y las tensiones y contradicciones con que se hizo el salto a la democracia era algo más que un fraude; constituía una traición a una memoria silenciada y humillada durante décadas y, lo que es peor, usurpada más tarde por quienes algunos años antes no habían tenido reparos en excluir del relato oficial a los perdedores. Una novela como La buena letra es ejemplar en este sentido, pues, más allá de la injusticia con que se trató la memoria de los vencidos, refleja perfectamente y de manera muy pesimista la desaparición de unos valores y su sustitución por otros. Toda la obra de Chirbes, entonces, será una denuncia del sentido que toma la historia a partir de la Transición, momento en el que, para avanzar, se optó por la desmemoria, el cinismo y el olvido.

3.- Chirbes aparece en su estudio como un escritor al margen de modas, capillas y consensos. ¿Cree que esa posición fue una elección consciente, una consecuencia inevitable de su ética literaria o una mezcla de ambas?

Es una buena pregunta. Creo que Rafael Chirbes siempre tuvo claro qué tipo de escritor quería ser y esa posición suya, de clara independencia e incorruptibilidad, que remarca una y otra vez su disenso respecto a la agenda cultural e intelectual de su generación o el nulo interés por fabricarse una identidad literaria, responde a una cuestión central en su obra como es la clase social. Es un tema que está presente en toda su trayectoria y de qué manera. En Chirbes hay capas y capas de alteridad (huérfano, hijo de republicanos represaliados, homosexual, procedente de una España periférica, etc.), pero ninguna es tan fuerte y lo condiciona tanto como el origen de clase, algo que, según el escritor, no se podía borrar o disimular. Chirbes no encajaba en el clima social y el modelo normalizador que surgió en los años ochenta, precisamente porque esos elementos de los que hablaba antes lo excluían. Y esto, a su vez, hay que ponerlo en relación con su propia concepción de la cultura, entendida como una herramienta de manipulación y dominación, y que lo llevó a descreer del estado cultural que nació con la Transición. No es casualidad que en sus libros la figura del intelectual sea siempre el que acaba traicionando. Si a eso le sumamos que Chirbes entendió siempre la escritura como una labor que solo podía hacerse en soledad, lejos del ruido mediático, creo que podemos explicarnos la clase de autor que fue o quiso ser. 

4.- En el libro se subraya la idea de una “narración continua” que recorre varias décadas de la historia española. ¿Podría decirse que Chirbes escribe una suerte de gran novela fragmentaria del país, donde cada obra completa y corrige a las anteriores?

Efectivamente. Rafael Chirbes, que es deudor de los planteamientos, intenciones y enfoques de la narrativa de los grandes maestros del siglo XIX, parte del modelo de Galdós en los Episodios Nacionales para componer una lectura global de la sociedad y de sus mecanismos de comportamiento, de las estrategias personales y pactos colectivos que culminarán en traiciones, desengaños y profundas decepciones. Todas sus novelas dialogan entre sí, tensando los límites entre el adentro y el afuera, proponiendo guiños y completándose, y suponen una completísima crónica de lo que ha sido la España reciente. Haciendo suyo el conocido aserto de Balzac, la novela se convierte, para Chirbes, en la herramienta desde la que la sociedad intenta contarse a sí misma y lo que hace el escritor, libro tras libro, es afilar el bisturí, corregir el punto de vista para disparar cada vez con mejor puntería.

5.- Usted recurre a la expresión benjaminiana de “poética de las ruinas”. ¿Qué tipo de ruinas le interesan más en Chirbes: las económicas, las morales, las ideológicas o las íntimas? ¿O precisamente su superposición?

Diría que todas. Buen conocedor de la literatura barroca, la obra de Chirbes compone una especie de ciclo del acabamiento, desde Mimoun a En la orilla, en la que se nos dibuja el panorama de un desmoronamiento individual y colectivo. Pienso, por ejemplo, en una novela tan desoladora como Los viejos amigos, en ese grupo de antiguos compañeros de una célula revolucionaria que contemplan su pasado como un campo de ruinas y se ven a sí mismos como tales, perdidas las ilusiones de su juventud y a merced del paso del tiempo. Y me acuerdo también de Crematorio y En la orilla, el esplendor y el ocaso de un tiempo de presunta prosperidad que termina con un paisaje de grúas inmóviles, bloques de edificios a medio construir y desechos por todas partes. Son los despojos, las ruinas visibles que dejan tras de sí tantas claudicaciones íntimas e ideológicas.

6.- Uno de los aspectos más sugerentes de su análisis es la atención a las voces desplazadas y los discursos orillados. ¿Qué lugar ocupa el fracaso —personal, político o histórico— en la construcción de los personajes chirbesianos?

Creo que, en varios aspectos, si no un fracaso, Chirbes sintió un profundo desengaño respecto a muchas de las cosas en las que creyó. Esa conciencia se traslada a los personajes de sus novelas y ocupa un lugar fundamental en su trayectoria. El tema de la impostura, que toma directamente de Bourdieu y se asocia al concepto de clase, se manifiesta a través de seres que vivieron el franquismo desde posiciones contestarias, pero que han acabado asumiendo una moral cada vez más pragmática y cínica. El fracaso los alcanza a todos: a los vencidos porque el poder y el sentido de la historia lo ha decidido así, pero también a los vencedores, traicionados por sus hijos. El triunfo económico y familiar de los protagonistas de Crematorio o Los disparos del cazador no puede disimular una profunda derrota personal y familiar. No debería olvidarse que, cuando publicó En la orilla en el año 2013 y todo el mundo quería hablar de la novela como un terrible retrato de la crisis económica, el escritor se obstinaba en presentarla como un retrato del alma humana a principios del siglo XXI, una pintura trágica y desoladora del profundo fracaso moral e ideológico en el que habían desembocado los sueños de prosperidad surgidos de la Transición.

7.- En su lectura, la literatura de Chirbes se enfrenta de manera frontal al mercado y a la institucionalización cultural. ¿Hasta qué punto cree que esa tensión sigue siendo pertinente para pensar la narrativa española actual?

Creo que es más pertinente y necesaria que nunca, visto el ruido mediático que rodea a la aparición de algunos títulos que, al poco tiempo, se revelan como productos mediocres e inanes. Siempre ha sido así, en realidad, no es cosa de los últimos tiempos, pero es cierto que este tipo de dinámicas aumentaron durante los años ochenta y noventa, cuando el mercado editorial experimentó una revolución sin precedentes y una gran parte de la crítica renunció a su tarea sancionadora en aras de satisfacer otros intereses que tenían poco que ver con lo literario. Volvemos a esa idea de Chirbes sobre la cultura como espacio lleno de trampas y contradicciones. Es necesario examinar las bases ideológicas sobre las que se constituye un edificio cultural, tal vez incluso desmentirlas.

8.- Usted plantea la posibilidad de entender a Chirbes como precursor de nuevas formas de realismo crítico o disidente. ¿Qué rasgos concretos de su poética permitirían hablar de un realismo renovado y no meramente heredado?

La poética de Rafael Chirbes es radicalmente innovadora en cuanto a su formulación de una propuesta realista, pues partiendo de unos modelos conocidos, sean los de Galdós y los grandes autores de la novela decimonónica, los de los escritores de la narrativa social del 50 o incluso monumentos como La Celestina, lo que hace Chirbes es una reelaboración constante de esos presupuestos. Ahí tenemos, por ejemplo, los ribetes expresionistas que alcanzan algunos de sus textos en cuanto a la construcción de los personajes, el carácter simbólico del paisaje, emparentado con las sombrías pinturas de El Bosco, Bacon o Brueghel, o el uso de la voz narrativa, con especial atención al empleo de narradores poco fiables o de la polifonía, procedimiento este último que toma de los estudios del teórico Mijail Bajtin y que le permite enfrentar distintas perspectivas sobre la realidad. No hay ninguna duda de que con todos estos elementos Chirbes se convierte en una de las figuras cardinales de la estética realista de los últimos años. Tal vez el escritor que mejor ha mostrado sus posibilidades y, a partir de ellas, hacer de la novela un instrumento de conocimiento.   

9.- El libro presta especial atención a los procedimientos narrativos: punto de vista, lenguaje, construcción del espacio, dilema moral del lector. ¿Diría que Chirbes escribe siempre “contra” el lector cómodo, buscando incomodarlo ética y políticamente?

Por supuesto. Siempre hay un interés por sacudir e incomodar al lector, por derribar y triturar sus certezas. A Chirbes, la idea de la literatura como consuelo o tabla de salvación le parecía un fraude. Y esa intención por zaherir y demoler unas ideas, discursos e imágenes empezaba por él mismo. «Yo soy todos mis personajes», solía decir, demostrando ser capaz de ponerse en la piel de su enemigo, como hizo en Crematorio o Los disparos del cazador. Asumir esa responsabilidad le otorgaba el derecho de implicar al lector, incitándolo a compartir sus dudas en la búsqueda de una verdad. Nadie puede salir indemne de lecturas así.

10.- A diez años de la muerte de Chirbes, usted sostiene que su obra sigue abierta a nuevas lecturas. ¿Cuáles cree que son hoy las líneas de investigación o interpretación más fértiles para seguir pensando su legado?

Me gusta mucho un texto de Chirbes que se ha citado luego incontables veces. Se trata de un artículo sobre Max Aub, escrito poco después de que el presidente Aznar inaugurara la fundación del escritor y los socialistas, que entonces estaban en la oposición, se apresuraran a criticar aquello y reivindicar a Aub como uno de los suyos. La denuncia de Chirbes no iba tanto contra la mezquindad de Aznar y los suyos, sino contra aquellos que entonces, con todo el descaro y fariseísmo, olvidando que habían disfrutado de mayorías para ello, se ocupaban de reconocer los méritos del autor de los Campos. Bueno, pues algo parecido creo que ocurre con Chirbes, fallecido hace diez años, y cuya obra se intenta domar o neutralizar a base de tópicos y lugares comunes. Que si el novelista de la crisis, que si un narrador de la memoria… El legado y la trayectoria del escritor valenciano están por encima de etiquetas o de los intentos por circunscribirlo a una corriente estética. Chirbes es un escritor inagotable, urgente e indispensable para estos tiempos. Pienso en el compromiso y autenticidad de su escritura, en su incidencia ética o en la gran vigencia de algunos de sus temas, que encierran lecciones no solo para nuestro presente (el ascenso de la extrema derecha, la destrucción del paisaje, las consecuencias de un capitalismo voraz e implacable, los traumas nunca resueltos del pasado, etc.), sino también para el futuro. Un vistazo a su obra sorprende por la enorme capacidad que tiene para sugerir lecturas e invitarnos a desentrañar las claves de la realidad en la que nos encontramos. 

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