Andrés Abajo González
Director del Instituto Castellano y Leonés de la Lengua
_ Redacción
La lengua como territorio vivo, compartido y en permanente diálogo con el presente. Desde esa convicción trabaja el Instituto Castellano y Leonés de la Lengua, una institución que investiga, divulga y programa cultura sin caer en la tentación de fijar ni congelar el idioma. Hablamos con Andrés Abajo González, su director, sobre cómo se cuida un patrimonio tan poderoso como frágil, el papel de Castilla y León en la historia —y el futuro— del castellano, el impacto de la tecnología, la importancia de las nuevas generaciones y el sentido último de una institución que entiende que la lengua no se conserva: se vive.
El Instituto trabaja con uno de los patrimonios culturales más poderosos que existen, la lengua. ¿Cómo se mantiene vivo ese patrimonio sin que pierda capacidad de diálogo con el presente?
La lengua se mantiene viva en la medida en que sigue siendo útil y compartida. No vive solo porque se conserve o se estudie, sino porque sirve para decir cosas importantes, para entendernos, para crear vínculos. Cuando deja de ser un espacio de encuentro y se convierte únicamente en un objeto de análisis, empieza a perder fuerza.
Desde el Instituto tenemos muy presente que no somos una institución que regle la lengua. No nos corresponde decir cómo debe hablarse o escribirse. Trabajamos con la lengua, no sobre ella: la estudiamos, la contextualizamos, la ponemos en relación con distintos momentos históricos y con la realidad contemporánea. Proteger la lengua no significa congelarla, sino acompañarla con conocimiento y reflexión.
El diálogo con el presente no depende tanto de actualizar la lengua como de permitir que circule: en la escuela, en los libros, en la música, en el teatro, en la conversación cotidiana. Nuestro trabajo consiste en generar contextos donde la lengua se experimente, no solo se explique. Si la lengua sigue formando parte de la vida real de las personas, ese diálogo se produce de manera natural, sin necesidad de forzarlo.
¿Qué cree que puede aportar Castilla y León, desde su tradición lingüística e histórica, a los debates actuales sobre el uso, la evolución y el cuidado del castellano?
Castilla y León aporta tiempo. Y en el ámbito cultural, el tiempo es una forma de conocimiento. Aquí se conservan algunos de los testimonios más antiguos del castellano, pero eso no nos convierte en guardianes de una verdad inmutable, sino en testigos de un proceso largo, complejo y profundamente plural.
Esa perspectiva histórica permite abordar los debates actuales con mayor serenidad. Nos recuerda que la lengua nunca ha sido pura ni estable, y que su riqueza procede precisamente de su capacidad para absorber influencias, adaptarse y cambiar. Frente a discursos alarmistas o simplificadores, Castilla y León puede aportar una mirada más amplia, menos inmediata y más consciente de los ritmos largos de la historia lingüística.
En un mundo cada vez más digital, ¿qué oportunidades ofrece la tecnología para difundir, estudiar y renovar el interés por la lengua y la literatura?
La tecnología ofrece una oportunidad extraordinaria para ampliar el acceso al conocimiento, siempre que no se confunda velocidad con profundidad. Desde el Instituto hemos apostado por integrar lo digital como una herramienta que acompaña al estudio y a la divulgación, no como un sustituto de la reflexión.
El Centro Virtual de los Orígenes del Español responde a esa idea: facilitar el acceso a materiales fundamentales, apoyar la investigación y ofrecer recursos divulgativos de calidad que dialoguen con los hábitos contemporáneos. Lo digital permite superar barreras geográficas y generacionales, y abre nuevas formas de relación con los textos. La clave está en que esa apertura no vacíe de sentido el contenido, sino que lo haga más accesible y compartido.
El Instituto combina investigación, divulgación y programación cultural. ¿Cómo se articulan estas tres dimensiones para llegar a públicos muy distintos?
No creemos en compartimentos estancos. La investigación es el punto de partida: sin ella no hay rigor ni continuidad. La divulgación actúa como puente, haciendo que ese conocimiento circule y llegue a públicos no especializados. Y la programación cultural crea espacios donde la lengua deja de ser un objeto de estudio y se convierte en una experiencia viva.
Esa articulación nos obliga a un ejercicio constante de equilibrio, pero también nos permite llegar a públicos muy distintos sin renunciar a la complejidad. Entendemos la cultura como un proceso, no como un producto cerrado.
¿Qué papel desempeñan las nuevas generaciones —estudiantes, jóvenes lectores, creadores— en la estrategia del Instituto a medio y largo plazo?
Las nuevas generaciones no son un público al que haya que “atraer”, sino un interlocutor al que hay que escuchar. Nuestro trabajo con ellas parte de esa convicción. Iniciativas como Pequeños Gigantes de la Lectura buscan que los escolares descubran la palabra desde el juego, la emoción y la experiencia compartida, alejándola de la percepción exclusivamente académica.
En el medio rural, Los Caminos de la Lengua conectan a los más jóvenes con el territorio y con los orígenes del español desde una dimensión práctica y creativa. Y el certamen Valpuesta nace con una vocación clara: incentivar la escritura entre jóvenes, pero también crear comunidad, favorecer el encuentro y permitir que se tejan redes que permanezcan en el tiempo. Pensar en los jóvenes es pensar en continuidad, pero también en renovación.
Castilla y León cuenta con escritores contemporáneos muy diversos. ¿Cómo puede una institución como esta contribuir a visibilizar y acompañar esa pluralidad de voces?
Acompañar sin dirigir. Esa es la clave. Una institución cultural no debe marcar caminos creativos, sino generar contextos donde la creación pueda desarrollarse y ser reconocida. El apoyo al sector editorial de Castilla y León forma parte esencial de esa tarea.
La Feria Editantes es un ejemplo claro de ese compromiso con las editoriales y los autores de la Comunidad, así como nuestra presencia en ferias del libro nacionales e internacionales, donde se proyecta una imagen plural y contemporánea de la literatura que aquí se escribe. En esta misma línea se sitúa el Premio de la Crítica de Castilla y León, un galardón anual que reconoce la excelencia literaria de obras recientes mediante un jurado independiente. Más allá del premio en sí, su valor reside en la visibilidad, el diálogo crítico y la proyección que ofrece a los autores y al conjunto del ecosistema literario.
¿De qué proyectos del Instituto se siente especialmente orgulloso por haber logrado conectar tradición y contemporaneidad de forma natural?
Me siento orgulloso, sobre todo, de los proyectos que logran que la tradición deje de percibirse como algo solemne o distante. Cuando los orígenes del español se presentan como una herramienta para entender quiénes somos hoy, la conexión se produce de manera natural.
También destaco, la labor de promoción de la investigación y de publicación de nuevos estudios. Es un trabajo silencioso, poco visible, pero absolutamente imprescindible. Sin investigación no hay futuro cultural posible.
La lengua es también un espacio de encuentro. ¿Cómo trabaja el Instituto para fomentar el diálogo entre disciplinas, territorios y sensibilidades culturales distintas?
La lengua es, por naturaleza, un espacio compartido. Desde el Instituto fomentamos el diálogo entre disciplinas y territorios entendiendo la cultura como un lugar de cruce, no de fronteras. Nos interesa especialmente propiciar encuentros donde las diferencias dialoguen sin diluirse.
La lengua no uniforma: conecta. Y en un mundo cada vez más fragmentado, esa capacidad de conexión es uno de sus mayores valores.
¿Qué alianzas considera clave para reforzar el papel del Instituto en los próximos años?
En el mundo cultural y académico de hoy, el trabajo en solitario ya no es suficiente: las alianzas se han convertido en una necesidad estratégica. El Instituto puede reforzar su papel estableciendo colaboraciones con distintos actores. Por ejemplo, con instituciones académicas se generan espacios de investigación y formación que enriquecen nuestro conocimiento y abren nuevas líneas de trabajo. Con otras instituciones culturales se crean sinergias que permiten organizar actividades diversas con mayor alcance y calidad. La colaboración con medios de comunicación facilita que nuestros contenidos lleguen a un público más amplio, conectando con audiencias diversas. A nivel internacional, trabajar con organizaciones homólogas nos permite aprender de experiencias comparadas, participar en redes globales y dar visibilidad a nuestro trabajo más allá de nuestras fronteras.
En definitiva, estas alianzas no son solo convenientes: son esenciales para compartir recursos, ampliar perspectivas y garantizar que el Instituto siga siendo un referente cultural y académico sólido, innovador y conectado con su entorno.
Mirando al futuro, ¿qué le gustaría que el Instituto representara para la ciudadanía?
Me gustaría que el Instituto fuera un lugar reconocible y cercano. Un espacio donde la lengua se investiga y se piensa, pero también se disfruta. Un referente académico, sí, pero no exclusivo; un espacio cultural abierto, hospitalario, vivo.
Que quien se acerque al Instituto sienta que la lengua no es solo un objeto de estudio, sino una experiencia compartida, un territorio común que nos nombra y nos permite imaginar juntos el futuro. Porque, al final, una lengua no se conserva: se vive.
