Cristina Valladares
«Nombrar lo que duele también es una forma de sanar»
_ Raúl Ordás
Hay libros que nacen para contar una historia y otros que surgen de la necesidad de encontrar palabras para aquello que durante mucho tiempo no supimos nombrar. Crisálida, de Cristina Valladares, pertenece a estos últimos. La poesía se convirtió para su autora en una forma de ordenar emociones, afrontar experiencias difíciles y transformar lo íntimo en un espacio en el que otros pudieran reconocerse. Como ella misma resume, «nombrar lo que duele es una forma de sanar».
El propio título contiene el sentido profundo del libro: la crisálida como refugio, espera y transformación; ese lugar intermedio en el que ya no somos quienes fuimos, pero todavía estamos descubriendo quiénes podemos llegar a ser. A través de poemas atravesados por el duelo, la memoria, la vulnerabilidad y la salud mental, Valladares construye una obra profundamente personal que, sin embargo, aspira a ir más allá de su propia experiencia.
Crisálida habla de pérdidas que dejan cicatrices, de aprender a convivir con aquello que no desaparece y de comprender que transformarse no significa borrar el pasado. También habla de acompañar. De esa posibilidad, sencilla y poderosa, de encontrar en las palabras de otra persona algo que nos haga sentir un poco menos solos. En esta entrevista conversamos con Cristina Valladares sobre poesía, duelo, identidad, salud mental y sobre esa metamorfosis que quizá nunca termina del todo.
¿Cómo nace Crisálida y qué impulso personal o creativo está en el origen de la obra?
Crisálida nació de la necesidad de poner en palabras cosas y experiencias que durante mucho tiempo no sabía cómo expresar.
Encontré en la poesía una forma de ordenar todo lo que sentía, pero también nació de la idea de convertir experiencias muy personales en algo que pudiera acompañar a otras personas.
Yo siempre digo que nombrar lo que duele es una forma de sanar.
Y a veces, no necesitamos un abrazo o un “tú puedes”, a veces simplemente leer la historia de alguien más es lo que necesitamos para inspirarnos y seguir adelante.
El título remite a transformación, espera y cambio. ¿Qué significa para ti esa imagen de la crisálida?
Para mí, la crisálida representa una etapa de transformación. Ese momento intermedio de la metamorfosis, en el que todavía no hemos llegado a ser quienes estamos destinados a ser, pero ya hemos dejado de ser quienes éramos antes.
Es un momento de evolución, de cambio y también de espera.
Al final de esa metamorfosis, cuando la crisálida se rompe, aparece la mariposa: capaz de volar libremente y de dejar atrás aquello que fue.
Y para mí, eso es Crisálida. Ese proceso de transformación que todos atravesamos en algún momento de nuestra vida. La etapa en la que estamos cambiando, creciendo y descubriendo quiénes somos, hasta que finalmente somos capaces de salir de nuestra propia crisálida y aprender a volar.
Por otra parte, la crisálida también representa un refugio. Un espacio en el que podemos parar, mirar hacia dentro y reconstruirnos antes de volver a salir al mundo.
Crisálida para mí representa precisamente de ese proceso. El de entender que cambiar no significa dejar atrás todo lo que hemos sido, sino aprender a convivir con ello y convertirlo en parte de quienes somos.
¿Qué parte de ti cambió mientras escribías este libro?
Diría que la parte de mí que más cambió durante el proceso de escritura de este libro fue la inseguridad.
Crisálida hace mucho hincapié en la importancia de la salud mental a través de mis propias experiencias y de otras que me han tocado de cerca. Hoy en día, sigue siendo un tema bastante estigmatizado: todavía existen muchos mitos, muchos conceptos erróneos y en ocasiones, incluso nos cuesta hablar de lo que sentimos.
Escribir este libro me ayudó, en cierto modo, a comprender mejor qué estaba sintiendo y a poner palabras a emociones que muchas veces ni siquiera sabía cómo explicar.
También me ayudó a calmar un poco a los cuervos de mi cabeza, que para mí son la metáfora que utilizo para describir la depresión.
Aprendí que no siempre tenemos que estar al 100%, que hay días en los que simplemente sobrevivir ya es suficiente y que no pasa nada por no encontrarnos bien.
Creo que, mientras escribía Crisálida, fui aprendiendo poco a poco a ser menos dura conmigo misma. Y quizá esa sea una de las partes de mí que más cambió.
¿Hasta qué punto Crisálida habla de una experiencia íntima y hasta qué punto busca convertirse en una experiencia compartida con el lector?
Crisálida es, en gran parte, un libro autobiográfico. Muchas de sus páginas nacen de experiencias personales y también de experiencias ajenas que me han tocado de cerca. Hay, sin embargo, algunos poemas que son completamente ficticios y que simplemente necesitaba escribir, como «Ofelia» o «Querido diario».
Pero la mayoría sí parten de experiencias que he tenido que atravesar: el duelo por la muerte de un ser querido, la sensación de no sentirme comprendida o de sentirme sola por sentir lo que sentía. Y también, todo aquello que tiene que ver con la salud mental y con aprender a convivir con ella. En mi caso, el hecho de aprender a convivir con la depresión y con el Trastorno Límite de la Personalidad.
Sin embargo, cuando escribí Crisálida, no buscaba que el lector conociera mi historia. Buscaba algo diferente: que no se sintiera solo. Me gustaría que alguien pudiera encontrarse en alguna de sus páginas, reconocer una emoción que también ha sentido y descubrir que no es la única persona que ha pasado por ella. Que mis experiencias puedan convertirse, de alguna manera, en un espacio de compañía para las suyas.
Porque al final, aunque Crisálida nace de mi historia, no quiero que termine hablando solamente de mí. Quiero que cada lector pueda encontrar un pequeño pedazo de la suya entre sus páginas y que, de algún modo, esas páginas puedan acompañar y sanar.
¿Qué temas sentías que necesitabas abordar y que quizá no habías podido expresar antes?
Creo que, sobre todo, necesitaba abordar el duelo. Pero no únicamente el duelo por el fallecimiento de un ser querido, sino el duelo en todas sus formas.
Vivimos muchos duelos a lo largo de nuestra vida: por la pérdida de una persona, pero también de una mascota, de un trabajo, de una relación, o incluso cuando atravesamos una enfermedad y nuestra vida cambia de una manera que no esperábamos.
Existe un tópico que escuchamos constantemente: «el tiempo todo lo cura». Y personalmente, no creo en esa frase.
Creo que el tiempo puede ayudarnos a aprender a convivir con determinadas heridas, pero no necesariamente a hacerlas desaparecer. La cicatriz permanece como una sombra de aquello que ocurrió, como un recordatorio de que hubo algo que nos hizo daño.
También creo que hoy en día se nos exige demasiado a la hora de afrontar un duelo. Se nos cuestiona cuando consideramos que llevamos demasiado tiempo sufriendo o cuando no conseguimos pasar página al ritmo que los demás esperan. Pero no todas las personas sanamos al mismo ritmo, ni todos los duelos son iguales.
Por eso sentía que era importante hablar de ello. Porque el duelo forma parte de la vida, aunque muchas veces no sepamos cómo vivirlo, cuánto debería durar o qué se supone que tenemos que hacer con todo lo que queda después de una pérdida.
¿Cómo encuentras el equilibrio entre mostrar la vulnerabilidad y mantener una cierta distancia literaria?
Escribir fue la manera que encontré para desahogarme, para dejar salir aquello que en ocasiones me aprieta el pecho. Para mí, escribir también es una forma de respirar.
No trato de ocultar la vulnerabilidad en mis textos. Al contrario, creo que forma parte de ellos y de lo que quiero transmitir. Lo que intento es transformarla mediante la escritura: convertir aquello que duele, que pesa o que a veces no sé cómo expresar, en palabras.
Y quizá ahí es donde encuentro ese equilibrio. No pretendo contar cada detalle de mi historia ni explicar todo lo que hay detrás de cada poema, sino transformar una experiencia o una emoción en algo que pueda trascenderme.
Porque, al final, vuelvo a lo que comentaba antes: no escribo únicamente para mí. Me gustaría que quien lea mis palabras pueda sentirse comprendido, acompañado o incluso encontrar en ellas una forma de poner nombre a algo que él mismo siente.
Si escribir es mi manera de respirar, quizá compartir esas palabras sea una forma de ayudar a que alguien más pueda hacerlo también.
¿Qué importancia tienen la memoria y el paso del tiempo dentro de Crisálida?
El tiempo y la memoria tienen mucha importancia dentro de Crisálida, porque el libro también recoge una parte de mi propia evolución.
Hay ciertos aspectos de mi vida que logré dejar atrás mientras escribía el libro. De alguna manera, se parecen a esa metamorfosis de la mariposa: dejar atrás aquello que fuimos para convertirnos en alguien más libre y poder volar.
Sin embargo, hay otros aspectos que siguen formando parte de mi día a día. La depresión o el Trastorno Límite, por ejemplo, son realidades con las que convivo. Hablar de ellas en Crisálida también fue una forma de sanar, de aceptar que había cosas que debían cambiar y, al mismo tiempo, que no todo aquello que forma parte de mi pasado tiene que desaparecer para poder seguir avanzando.
La Cristina que existe hoy no es en absoluto la misma que existía antes del diagnóstico de depresión. He cambiado, he aprendido y he tenido que conocer una versión de mí que antes no conocía. Pero Crisálida me ayudó a aprender a convivir con esa «nueva yo» sin olvidar quién he sido.
Creo que, al final, eso es también la memoria: no consiste únicamente en mirar atrás, sino en reconocer de dónde venimos para entender quiénes somos ahora.
¿Hubo algún texto o momento del proceso de escritura especialmente difícil de afrontar?
Sin duda, uno de los momentos más difíciles fue enfrentarme a la muerte prematura de mi mejor amiga, una persona que marcó mi vida y que fue especialmente importante para mí.
Durante el proceso de escritura de Crisálida, cuando el libro estaba prácticamente terminado, falleció una persona muy importante para mí a una edad demasiado temprana.
Era, además, alguien que me había enseñado a sonreír a pesar de las adversidades de la vida, y su pérdida supuso un golpe muy difícil de asimilar.
Dentro de Crisálida hay algunos poemas dedicados a ella y, hasta ahora, creo que son los textos más difíciles que he escrito.
Escribirlos significó enfrentarme a un dolor que todavía estaba muy reciente, pero también fue una manera de darle un lugar a esa persona dentro del libro y dentro de mí.
Todavía estoy atravesando esa fase del duelo, pero escribir sobre ella me ha ayudado a hacerlo un poco más llevadero. De alguna manera, esos poemas son también una forma de mantener vivo su recuerdo y todo lo que dejó en mí.
¿Qué te gustaría que sintiera o se preguntara el lector después de terminar el libro?
Me gustaría que, al terminar Crisálida, el lector supiera que no está solo. Que pudiera sentirse comprendido y reconocerse en algunas de sus páginas, aunque nuestras historias sean diferentes.
También me gustaría que entendiera que transformarse no significa dejar de ser quien eres, sino evolucionar y mejorar la versión de ti mismo. Que cambiar no tiene por qué significar renunciar a nuestro pasado, sino aprender de él y seguir creciendo.
Y sobre todo, me gustaría que Crisálida sirviera para recordar la importancia de cuidar nuestra salud mental. Que expresar lo que sentimos no es un signo de debilidad, sino todo lo contrario: también hace falta valentía para decir que no estamos bien, para pedir ayuda, para mostrarnos vulnerables y para aceptarnos tal y como somos.
Quizá, al cerrar el libro, me gustaría que el lector pudiera mirarse a sí mismo y decir con orgullo: «Este soy yo. Y me quiero».
Si Crisálida representa una transformación, ¿en qué punto de esa transformación se encuentra hoy Cristina Valladares?
Creo que todo en la vida es un proceso de aprendizaje y transformación constante. La vida está llena de cambios, de ensayo y error. Es caerse, levantarse, volver a caer y volver a levantarse, tantas veces como sea necesario.
Y creo que incluso si te caes y decides quedarte un rato en el suelo antes de levantarte, también es válido.
No diría que he conseguido sanar del todo, porque sería mentirme a mí misma. Diría que he avanzado gran parte de mi metamorfosis. He conseguido dejar atrás algunas heridas y algunas experiencias que me hicieron daño, aunque todavía me quedan cicatrices que, de vez en cuando, me hacen mirar al pasado.
Pero, sobre todo, creo que he entendido que no existe un momento definitivo en el que dejamos de transformarnos. Quizá hoy me encuentre más cerca de esa mariposa que cuando escribí Crisálida, pero sigo cambiando, aprendiendo y descubriéndome.
Y quizá eso sea precisamente lo bonito de la transformación: entender que no tenemos que llegar a una versión definitiva de nosotros mismos. Siempre podemos seguir creciendo, incluso después de haber aprendido a volar.
