Curro Sánchez Herrera: salmos para una generación herida
“La poesía pasó a ocupar el espacio donde aún era posible interpelar a Dios desde la fragilidad, el deseo, la desesperación o la gratitud.”
_ Raúl Ordás
Hay libros que no nacen como libros, sino como restos. Restos de una vida que se ha ido escribiendo a sí misma sin saber todavía que buscaba una forma. Poemas dispersos, anotaciones nacidas del duelo, del deseo, de la fe, de la ruptura, de una conversación que no termina. Así surgió Salmodiaré, el primer poemario de Curro Sánchez Herrera, publicado por la Editorial Talón de Aquiles en 2026: no como un proyecto literario calculado, sino como la lenta sedimentación de una experiencia vital atravesada por Dios, por el amor, por la precariedad y por una pregunta insistente sobre el lugar que puede ocupar la fe cuando ya no cabe en las formas heredadas.
Curro Sánchez Herrera nació en Alcalá de Guadaíra, Sevilla, en 2001. Pertenece, por edad, a una generación que ha crecido entre la promesa del progreso y la constatación temprana de su fragilidad: el capitalismo digital, la incertidumbre laboral, los afectos mediados por pantallas, la exigencia de producir una identidad antes incluso de haber podido comprenderla. Pero su poesía no se limita a registrar esa intemperie contemporánea. La cruza con una tradición más antigua y más ardiente: la de los salmos, la oración, el Cantar de los Cantares, la teología de la liberación y esa vieja costumbre humana de hablarle a Dios incluso cuando ya no se sabe exactamente qué decirle.
Su formación académica ayuda a entender parte de esa mirada. Estudió el Doble Grado de Sociología y Trabajo Social en la Universidad Pablo de Olavide, promoción 2019–2024, y posteriormente realizó un Máster con especialización en Políticas Públicas en la misma universidad. No se trata de un dato biográfico ornamental. En Salmodiaré, la conciencia social no aparece como una consigna añadida, sino como una materia íntima. La desigualdad, la precariedad, las condiciones materiales de la existencia y las estructuras que organizan la vida cotidiana se filtran en los poemas con naturalidad, junto a referencias a Amazon Prime, Iberdrola, el algoritmo, la cola del paro, el currículum imposible o los ultraprocesados.
Esa mezcla es una de las marcas más visibles del libro: lo sagrado y lo cotidiano no se excluyen, sino que se contaminan mutuamente. El poema puede comenzar como una súplica y terminar rozando la denuncia social; puede invocar a Dios y, en el mismo movimiento, hablar de la vida administrada por plataformas, facturas, contratos precarios y expectativas frustradas. La oración no se separa del mundo: lo atraviesa. Y quizá por eso la poesía de Curro Sánchez Herrera no busca refugiarse en una espiritualidad limpia, sino internarse en una espiritualidad herida, encarnada, contradictoria.
La escritura llegó pronto. Empezó a escribir durante la adolescencia, en textos que entregaba en clase. Fueron sus profesores de Secundaria y Bachillerato quienes percibieron algo en aquella forma de mirar y le animaron a continuar, a explorar la poesía no solo como expresión emocional, sino como una forma de pensamiento. Esa primera confianza recibida en el aula parece importante: antes de que hubiera un libro, una editorial o una trayectoria pública, hubo alguien que leyó unos textos escolares y dijo que allí había una voz.
Pero la raíz más profunda de Salmodiaré está en otro lugar: en la experiencia religiosa. Curro Sánchez Herrera creció dentro del Camino Neocatecumenal, comunidad que marcó de manera decisiva su espiritualidad, su sensibilidad y su relación con el lenguaje de la fe. Allí aprendió una manera intensa de dirigirse a Dios, hecha de salmos, oración, escucha y comunidad. Ese aprendizaje dejó una huella que el libro no intenta borrar. Al contrario: la convierte en materia poética.
La fractura llegó después. Descubrirse gay dentro de ese contexto religioso y abandonar posteriormente la comunidad supuso una ruptura dolorosa con sus raíces culturales y espirituales. No fue solo una salida institucional o biográfica, sino una crisis de pertenencia, de lenguaje, de mundo. Sin embargo, el diálogo con Dios no desapareció. Cambió de forma. Dejó de ser una conversación sostenida dentro de una comunidad concreta y se convirtió en algo más solitario, más libre y quizá también más desgarrado. La poesía pasó a ocupar el espacio donde aún era posible interpelar a Dios desde la fragilidad, el deseo, la desesperación o la gratitud, sin necesidad de resolver del todo esas tensiones.
Ese es uno de los centros emocionales de Salmodiaré: la imposibilidad de separar limpiamente la fe de la herida. El título procede del Salmo 138 —«Delante de los ángeles para ti salmodiaré»— y condensa el gesto principal del libro: cantar, orar, decir, aun cuando la voz no está segura de ser escuchada o de merecer respuesta. Salmodiar no es aquí repetir una fórmula antigua, sino apropiarse de ella desde una biografía contemporánea, marcada por la disidencia, el deseo y la conciencia política.
El libro se organiza en tres movimientos que no funcionan como compartimentos cerrados, sino como variaciones de un mismo conflicto vital. El primero reúne poemas dirigidos a Dios desde la fragilidad y el deseo de santidad. Lo divino no aparece como una abstracción doctrinal ni como un concepto teológico ordenado, sino como una presencia viva, a veces cercana y a veces insoportable, que acompaña en el duelo, la duda y la búsqueda. En estos poemas resuenan los Salmos, el Cantar de los Cantares y Ernesto Cardenal, pero también una sensibilidad social que impide separar la fe de la justicia.
El segundo bloque está dedicado a los amores pasados, a sus exnovios. Amar a otros hombres aparece como una forma de revelación, como una manera de rozar el amor de Dios después de haber abandonado la comunidad religiosa en la que creció. Entre el amor humano y el amor divino no hay una frontera clara: ambos comparten entrega, sufrimiento, idealismo, espera, decepción y trascendencia. El propio autor lo formula con una frase de enorme potencia simbólica: «Podría decir que Dios fue mi primer ex». La frase no busca provocar de forma gratuita; resume una experiencia espiritual y afectiva compleja. Dios aparece como primer amor, primera pérdida, primera promesa incumplida o incomprendida, primer interlocutor al que se sigue hablando incluso después de la ruptura.
En esos poemas amorosos, el amor no es refugio ni consuelo sencillo. Es un lugar de verdad. Amar, para Curro Sánchez Herrera, parece implicar siempre una forma de exposición radical: entregarse a lo que el otro es, pero también a lo que podría llegar a ser. Esa tensión entre realidad y promesa, entre carne y trascendencia, entre deseo humano y sed de absoluto, sostiene buena parte del libro.
El tercer movimiento abre la escritura hacia el mundo: viajes, ciudades, paisajes, recuerdos. Pero tampoco aquí hay una postal de juventud luminosa ni una celebración ingenua de la experiencia. La juventud aparece como un territorio de intensidad y desconcierto, una edad en la que se cruzan el deseo, la pérdida, la precariedad y la necesidad de encontrar sentido. El sujeto que escribe no contempla el mundo desde fuera; lo atraviesa con la misma intemperie con que se dirige a Dios o recuerda a los hombres amados.
La singularidad de Salmodiaré está en esa fusión de registros. El libro toma elementos del lenguaje bíblico —letanías, himnos, salmos, fórmulas de oración— y los pone en contacto con los signos más reconocibles de la vida contemporánea: el algoritmo, Amazon Prime, Iberdrola, el paro, el currículum, la experiencia laboral exigida a quien aún no ha tenido oportunidad de adquirirla. Lo que podría parecer una colisión se convierte en una poética. En sus mejores momentos, el poemario hace visible que la vida espiritual de una persona joven en el siglo XXI no se desarrolla en un monasterio imaginario, sino entre facturas, aplicaciones, vínculos rotos, diagnósticos sociales y pantallas encendidas.
Por eso Salmodiaré resulta difícil de clasificar. No es solo poesía religiosa, aunque Dios sea uno de sus interlocutores centrales. No es solo poesía queer, aunque la experiencia de amar a otros hombres atraviese el libro con una fuerza decisiva. No es solo poesía social, aunque la precariedad y la crítica a las estructuras materiales aparezcan de forma constante. Es, más bien, un libro situado en la intersección de todas esas zonas: fe, deseo, clase, cuerpo, lenguaje, duelo, amor y política.
La recepción inicial del poemario confirma el interés que ha despertado esa voz híbrida. Salmodiaré ha recibido cobertura en medios como Religión Digital, NouArte Magazine, Revista Aullido y Crónica de Andalucía, y fue objeto de una entrevista en el programa literario Metaverso, de RTVE Radio. No es extraño. En un panorama poético a menudo dividido entre la confesión íntima, la experimentación formal y la denuncia social, Curro Sánchez Herrera propone una escritura donde esas dimensiones no compiten, sino que se necesitan.
Quizá lo más llamativo de su debut sea que no escribe desde la certeza, sino desde una fidelidad paradójica: la fidelidad a aquello que se ha perdido, a aquello de lo que se ha salido, a aquello que ya no puede nombrarse de la misma manera pero sigue exigiendo respuesta. Su poesía no cancela a Dios, pero tampoco lo absuelve fácilmente. No renuncia al amor, aunque lo recuerde como herida. No abandona la esperanza, aunque la escriba desde una conciencia clara de la precariedad.
En Salmodiaré, Curro Sánchez Herrera convierte la oración en una forma de pensamiento crítico y el poema en un espacio donde todavía es posible sostener contradicciones sin clausurarlas. Tal vez ahí resida la fuerza de su primer libro: en haber encontrado una voz capaz de decirle a Dios, al amor y al mundo que la herida sigue abierta, pero también que, precisamente por eso, todavía merece ser cantada.
