Del secano a la sala blanca
Arte Contemporáneo en el campo castellano y leonés
_Ana Paula Osma
Durante mucho tiempo, el relato del Arte Contemporáneo español se ha trazado desde los grandes centros urbanos. Madrid, Barcelona o Bilbao han acaparado exposiciones, ferias, discursos y capital simbólico. Sin embargo, en las últimas décadas, Castilla y León, territorio históricamente rural, despoblado y silenciado, ha emergido como un espacio activo de producción artística, no por absorción, sino por relectura.
La pregunta ya no es cómo descentralizar, sino cómo desjerarquizar. Permitir que el paisaje, la historia, la lentitud y la ausencia que caracterizan a la meseta castellana, formen parte del discurso artístico contemporáneo. Lejos de ser una zona vacía, el campo se convierte en superficie de fricción, ensayo y escucha.
Ubicado en Monzón de Campos (Palencia), Nexo990 ha sido uno de los proyectos más paradigmáticos en este giro territorial. Desde 2018, ha transformado un antiguo silo de cereal en un centro autogestionado de Arte Contemporáneo, sin subvenciones públicas y con una clara vocación crítica y experimental.
En su programación conviven prácticas emergentes de artistas jóvenes, muchos formados en las Facultades de Bellas Artes de Salamanca o Cuenca, con lenguajes que van desde la instalación a la performance, el Arte sonoro o la fotografía intervenida. Su última exposición, Nebulosa 21.25, reunió a 16 creadores en un diálogo abierto sobre la visibilidad rural y la fragilidad de los imaginarios colectivos.
Lo rural aquí no es decorado ni excusa temática, sino condición de posibilidad.
En la provincia de León, la Fundación Cerezales Antonino y Cinia (FCAYC) ha articulado un modelo híbrido entre centro de Arte, archivo rural y espacio pedagógico. Su programación combina exposiciones contemporáneas de artistas como Asunción Molinos Gordo, Fernando García-Dory o Julia Spínola, con talleres de construcción tradicional, recuperación de lana, cuidados del territorio o cosmologías campesinas.
Su arquitectura, diseñada por AZPML, encarna esa tensión entre apertura y contención, entre lo museístico y lo comunitario. El Arte no se muestra aislado, sino que dialoga con los saberes populares, el paisaje vivo y las tensiones del presente rural.
En este marco, el vacío deja de ser carencia para convertirse en motivo estético y político. Muchos artistas trabajan con lo que ya no está: ruinas, casas deshabitadas, caminos interrumpidos, relatos que nadie recogió. Lo que incomoda al turista (la falta de actividad, la lentitud, la erosión) se vuelve aquí poética de lo no dicho.
La escena contemporánea en Castilla y León no imita lo urbano ni finge neutralidad. No se somete a la estética de la sala blanca, sino que la transforma: la desborda con polvo, con grietas, con voces múltiples. Estos espacios no buscan competir con ARCO o con los museos nacionales. Su fuerza reside en otra parte: en la comunidad, el proceso, la permanencia y la escucha.
El campo, entendido no como tema, sino como método. Obligando al Arte a volverse poroso, a salir de su zona de confort, a dejar de funcionar como mercancía y reaprenderse como acto relacional.
En un momento en que lo rural ha sido reducido mediáticamente al cliché de la “España vaciada”, estos espacios artísticos, desmienten el diagnóstico desde la práctica. No llenan un hueco, no representan la ausencia: activan posibilidades. Desde Monzón de Campos hasta Cerezales del Condado, pasando por pueblos donde aún no hay nombre para lo que se está gestando, el Arte Contemporáneo en Castilla y León no decora: siembra.
Y lo que siembra no es solo belleza: es incomodidad, pensamiento, transformación.
