Eduardo Fernán- López

Eduardo Fernán-López 

"A la hora de escribir creo que es necesario poner la vista sobre un punto en el que nadie lo haya puesto antes. "

_ Raúl Ordás

Eduardo Fernán-López se acerca a la creación literaria desde una mirada atenta a los pliegues de la experiencia humana: aquello que se dice, aquello que se calla y aquello que solo aparece cuando la vida obliga a detenerse. Su escritura parece nacer de una doble necesidad: contar una historia y, al mismo tiempo, interrogar los motivos íntimos que empujan a sus personajes a actuar, recordar, equivocarse o resistir. En su universo narrativo, la emoción no se presenta como mero adorno sentimental, sino como una fuerza compleja, llena de zonas ambiguas, capaz de revelar las contradicciones más profundas del ser humano. Con una voz serena, reflexiva y cercana, Fernán-López construye un territorio literario donde la memoria, el deseo, la pérdida y la búsqueda de sentido dialogan con el lector desde la primera página.

La novela parte del naufragio de un pesquero en aguas canadienses, inspirado en un suceso real muy presente en Galicia. ¿Qué te llevó a convertir esa tragedia marítima en el origen de una historia criminal?

El origen de cualquier idea para construir una novela llega un poco por casualidad. El día que ocurrió el naufragio del Villa de Pitanxo, último gran pesquero gallego hundido en las costas canadienses, yo estaba escuchando al radio y la nota de prensa que ofrecieron sobre la tragedia, escueta y directa, me hizo plantearme muchas cosas. Sobre todo, la falta de humanidad de la casa armadora, pues a pesar de dar el nombre del barco, mientras hablaba de posibles muertos y desaparecidos, no ofrecerían más información a las familias hasta tres días después. Fue a partir de ahí me planteé cobrarme justicia literaria con el dueño de la casa armadora, convertido en la novela en Raúl Barros. Después, mientras iniciaba la documentación, hablando con gente del mar, comencé a darme cuenta de que había muchas historias similares, que concernían a todo tipo de personas, que iban por el mismo camino: corrupción, tejemanejes para evitar inspecciones, falta de seguridad abordo… y sobre todo mucho secretismo por miedo a las represalias si se hablaba con alguien de fuera. La trama fue creciendo sola. 

El mar aparece como escenario, amenaza y memoria colectiva. ¿Qué papel juega en la atmósfera moral de la novela?

Conseguir compartir con los lectores la atmósfera que rodea la ciudad y su ría, sobre todo cuando acaba de ocurrir una tragedia del calado de la que se narra en el libro, era el verdadero reto. Necesitaba que se viesen envueltos sensaciones concretas, momentos de humedad ambiental, y sobre todo que sintieran los olores y los sonidos en ciertas escenas para interpelarlos. Era la manera más directa de que se sintieran parte de la historia y de que no dejasen de leer la historia. 

Vigo se presenta casi como una ciudad fantasmal. ¿Qué te interesaba mostrar de esa cara más sombría de la ciudad?

Todas las ciudades son como un vinilo, con cara A y cara B. La primera es la que todo el mundo quiere que veas, la que aparece en los anuncios institucionales, la que intentas enseñar a los amigos que vienen de visita, pero también está esa otra cara B que por mucho que la tapes, si prestas atención, acabas viéndola. En el caso de El balanceo del Alacrán lo primero que buscaba poner sobre la mesa era el tipo de vida que se esconde dentro del puerto de Vigo, uno de los más grandes del Atlántico Europeo, pero a la vez uno de los más desconocidos incluso para muchos vigueses. De hecho, muchos de los marineros con los que hablé a lo largo de la documentación de la trama se quejaban de eso; de que los vigueses viven de espaldas a su puerto y luego se sorprenden cuando pasan desgracias que todos ellos, los que conviven allí a diario, ven venir de lejos. Después me interesaba mostrar la vida de los barrios, la verdadera vida diaria de la ciudad. Vigo es una ciudad grande, con mucha industria, pero los barrios funcionan como si fueran pequeñas ciudades dentro de la ciudad, donde todo el mundo se conoce y se enteran de lo que le ocurre al vecino de varias calles más abajo en cuestión de minutos. Más si cabe cuando ocurre una desgracia como el naufragio con una veintena de muertos. Me interesaba eso, mostrar la idiosincrasia de cada barrio, que nada tiene que ver con el otro, aunque esté al lado, y huir de las escenas típicas del turismo de playa o del de las luces de Navidad. 

La muerte de Raúl Barros y de su hija abre un entramado familiar, empresarial y judicial. ¿Qué peso tiene el pasado en la resolución del doble crimen?

El pasado es fundamental en el desarrollo de la trama y por tanto en la resolución del doble crimen. No puedo contar mucho más de ello, pues ahí está la pieza clave de todo lo que se esconde en la novela. Pero desde luego el pasado de Raúl Barros, que irá saliendo a la luz poco a poco después de que alguien lo asesine, hará que todo lo que parecía que era sólido e inamovible a su alrededor sufra un verdadero terremoto: tanto económico como empresarial y, por supuesto, personal. Ahí se encuentra el verdadero secreto de la historia. 

La novela combina duelo colectivo, corrupción corporativa y ambición de poder. ¿Qué te atraía de situar el conflicto dentro de una naviera gallega?

A la hora de escribir creo que es necesario poner la vista sobre un punto en el que nadie lo haya puesto antes. Eso es lo que ocurre en El balanceo del Alacrán. Todos sabemos, aunque parece que solo nos acordamos de ello cuando ocurre una desgracia, que el mundo marinero, sobre todo el de las grandes empresas navieras de pesca o mercancías, tienen muchos puntos oscuros o ciegos. Muchas actuaciones que están fuera de la ley o rodean la ilegalidad, y se valen de las presiones y las amenazas para que nadie que trabaja para ellos lo cuente. De hecho, y ese fue uno de los motores principales de esta novela, las conversaciones con marineros, trabajadores de astilleros o de aseguradoras marítimas, siempre terminaban con la misma advertencia: haz lo que quieras con esta información, pero yo no te he dicho nada. No quiero que mi nombre aparezca en ningún lado. El miedo a quedarse sin trabajo, o que alguien de su familia pague con su empleo el atrevimiento de denunciar públicamente lo que todos allí dentro conocen, por hablar de lo que está prohibido siempre está muy presente. Es un mundo donde se mueve mucho dinero, donde no se conocen los verdaderos nombres de los grandes empresarios que están detrás, y donde, como no puede ser de otro modo donde hay dinero, poder e ilegalidades, existe una especie de omertá constante para que eso siga así. Sin embargo, personalmente creo que ahí es donde se encuentra las verdaderas historias, y más en un género como el negro que, aunque ahora va por otros caminos, nació para servir de crítica y denuncia social. Como dice Roberto Saviano, el lector tiene que empaparse de la historia, dejarse invadir de lo que se cuenta en ella, y al terminar de leer la novela contar con un nuevo superpoder: salir de la historia con una piel nueva, con la capacidad de releer la verdad que te rodea con otros ojos, con unas dioptrías a estrenar que te ha regalado el conocer la nueva información que se esconden en las páginas del texto. 

El juicio por el naufragio funciona como telón de fondo. ¿Hasta qué punto la búsqueda de responsabilidades legales se mezcla con la búsqueda de una verdad más profunda?

Los juicios sirven para eso, para buscar responsabilidad y en cierto modo para cerrar heridas. De hecho, en la trama aparecen las familiares de las víctimas manifestándose contra los dueños del conglomerado empresarial después de que en el juicio salieran a la luz ciertos datos, digamos controvertidos, de lo que pudo haber ocurrido en el barco segundos antes del naufragio. El juez debe decidir si la versión real es la que esboza Casto Pazos, patrón del barco y superviviente del naufragio, o por el contrario la de Eladio Gil, el marinero superviviente que tiene una versión muy diferente de los hechos de la que muestran capitán y armador. Lo que ocurre en la novela, que comienza el mismo día que se inicia el juicio, es que alguien se carga con toda la saña posible a uno de los posibles culpables abriendo una veta de información que atravesará de arriba a abajo la parte económica y empresarial de la empresa, pero también a la familiar de los Barros. Es decir, en El balanceo del Alacrán el inicio del juicio lejos de cerrar viejas heridas se dedica a abrir muchas nuevas que tiene mucho que ver con Raúl Barros, dueño de la casa armadora del Alacrán, pero también con su única hija. 

Tristán Negreira y Virginia Almada investigan un caso marcado por intereses empresariales y heridas antiguas. ¿Cómo construiste la relación profesional entre ambos?

En un primer momento el personaje que llevaba el peso principal de la trama, además del de la investigación, era Tristán Negreira, el inspector de la policía nacional al frente de la investigación. Sin embargo, en uno segundo borrador, esa compañera, su mano derecha, que aparecía ahí más bien como acompañante, fue ganando peso. Cada vez que la hacía hablar, o moverse por la escena, iba robando protagonismo al resto de secundarios, y sus diálogos se iban untando de sarcasmo e ironía que me hicieron darme cuenta de que estaba pidiendo ponerse a la par del protagonista. Por eso decidí que ambos ocupasen ese puesto central en la novela, porque además se complementan a la perfección: él es apocado, tímido, un tanto timorato, sobre todo en las relaciones personales, ella sin margo, es decidida, no se le pone nada por delante. A día de hoy no me imagino esta novela, ni la próxima que ambos protagonizaran, sin ninguno de ellos. Son un equipo. Una vez que tuve la parte personal, la estructura emocional de ambos, el resto fue muy sencillo, pues al final tienes que moverlos por un tablero donde todo está marcado, la parte ficticia por mí, la parte procedimental por la manera real en la que trabajan los policías. Para esta última parte tuve la suerte de contar con policías reales que tuvieron a bien solventar todas mis dudas al respecto. Al final los personajes tienen que ser creíbles para que la trama lo sea, ese otro punto fundamental del género. 

En la historia solo sobreviven dos de los veinticuatro tripulantes del Alacrán. ¿Qué lugar ocupan los supervivientes en una novela dominada por la culpa y la sospecha?

Lo cierto es que a pesar de que en ningún momento de la trama aparecen sus vidas, más allá de las protestas que llevan contra la empresa armadora sus familiares hartos de que nadie se responsabilice de la tragedia, están presentes desde la primera página hasta la última. No solo porque la investigación del doble crimen tenga una importancia crucial a la hora de reanudar el juicio que debe impartir justicia y memoria sobre ellos, sino porque a lo largo de toda la trama se va desmenuzando la investigación de lo que pudo haber ocurrido en el interior del barco la noche en el que este se fue al fondo arrastrando con él a la mayor parte de sus tripulantes. El hecho de que no se enfoque en ninguno de ellos la historia, salvo en el capitán y en cierto modo en el otro marinero superviviente, hace que la trama sea, en ciertos momentos, más angustiosa para el lector que puede hacerse una idea muy acertada y precisa de los momentos de pánico e incertidumbre que se vivieron en el interior del buque antes de que todo explotara. El resto, la culpa y sobre todo la sospecha, irá recayendo en unos y en otros según avanza la trama que llevará al lector, al igual que a los familiares de las víctimas, a interesarse por saber si de verdad, cuando todo acabe, esos trabajadores que han perdido su vida por culpa de la ambición y la avaricia de unos pocos tendrán o no la justicia que merecen. 

Se habla de un thriller policial atmosférico. ¿Qué importancia tiene para ti que el lector sienta el frío, la niebla, el puerto y la amenaza antes incluso de conocer todas las claves del crimen?

El ambiente en cualquier trama de este género es fundamental. En el caso de El balanceo del Alacrán creo que lo tenía bastante claro, y en cierto modo fue fácil. El mundo marinero se construye no solo de olores, de ruidos y de cambios atmosféricos, sino también de todas las sensaciones personales e incluso emotivas que vienen asociados a ellos. La historia me brinda unos espacios magníficos para explayarme tanto en mostrar la vida marinera como los sentimientos que la evocan. Era necesario, y someramente importante, que el lector se sintiera dentro de esos espacios, que salga aterido a la calle los días de lluvia, que la niebla matutina le moje la cara, que el olor a salitre de la ría se le meta en los pulmones. Que sienta, al igual que los policías, el leve pero constante balanceo de los grandes buques amarrados a puerto cuanto caminan por sus espigones, en busca de algún viejo marinero con el que mantener una conversación que lograse aclararles alguna de las muchas dudas que los iban asaltando a cada paso que daban en la investigación. 

La novela ha alcanzado una segunda edición. ¿Cómo interpretas la recepción de los lectores ante una historia tan ligada al dolor, la memoria y la identidad gallega?

La segunda edición se puso a la venta tan solo tres semanas después de la salida a la venta del libro, lo cual fue, para un autor que comienza en este mundo, un verdadero subidón y una alegría. Más aun teniendo en cuenta que el tema principal que se trata en la novela no es cómodo ni mucho menos, sino que exige un esfuerzo pues no es el mundo diario de la mayor parte de los lectores. Aunque tal vez por eso después el lector reciba una recompensa aún mayor a la hora de ir descubriendo que se encuentra detrás de cada una de las tramas o pistas. Es evidente que la novela ha funcionado muy bien en Galicia, pero la trama que esconde (corrupción, venganzas antiguas, secretos familiares, dolor…) se entiende a la perfección en cualquier otro territorio. Lo que ha hecho que esté teniendo muy buena acogida en todo el país. Al final, lo mejor para narrar un problema universal es hacerlo utilizando lo que tienes a tu alrededor. 

 

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