Ester Folgueral
«No somos, ni seremos, sin la naturaleza»
_ Raúl Ordás
En Las colinas de agosto, la poesía nace de la contemplación, la memoria y una relación casi espiritual con la naturaleza. Fruto de diez años de escritura pausada, el libro reúne poemas que fueron encontrando poco a poco un territorio común: el paisaje de la infancia, el paso del tiempo, el silencio y esa necesidad de mirar el mundo desde cierta altura para comprender, también, nuestra pequeñez. En esta conversación, su autora habla de las colinas como lugar físico y simbólico, de una «mística pagana» vinculada a la naturaleza y de una poesía que no pretende explicar el mundo, sino expresar su latido y el asombro de estar vivos.
¿Cómo nace Las colinas de agosto y en qué momento supiste que esos poemas pertenecían a un mismo libro?
Nace lentamente durante estos últimos años. Quería un libro más depurado, sin dejar de tener mi voz. Los poemas se iban ordenando en tres partes y yo aún no sabía si escribiría tres libros o uno solo. No tenía prisa en publicar y sí toda la paciencia que la poesía requiere. Así pasé diez años, hasta que junté los poemas y hallé la conexión entre todos. Todas las colinas en torno a un mismo valle tienen la misma esencia y semejanza.
¿Qué hay detrás del título? ¿Qué representan para ti esas colinas y por qué agosto?
La colina es el lugar al que subo para otear el horizonte y respirar. Y es un símbolo, una altura media entre el valle y la montaña. Se puede mirar hacia arriba, donde el universo parece infinito, se hacen y deshacen las nubes o vuelan las grandes aves, pero también ver hacia abajo lo minúsculos que somos, las casas, los trabajos y los afanes de los hombres. Es una palabra en desuso, al menos en mi entorno, donde se habla de montes o castros. Pero es una palabra que me gusta muchísimo, hace años la subrayaba en un viejo libro de E. Dickinson; en casi todos sus poemas hay colinas. También en los de Ursula K. Le Guin que leí mientras nacieron algunos de esos poemas. Y agosto era el regreso al lugar en el que nací, un tiempo de plenitud para, lejos de las grandes ciudades donde vivía, subir a la colina de mi pueblo.
¿Qué papel juega el paisaje en el libro: es un escenario, una memoria o casi un personaje?
Para mí no existe el paisaje, existe la naturaleza, que es memoria, siempre mutable, pero sobre todo es conexión infinita de todo con todo.
¿Qué relación existe en tu poesía entre naturaleza, memoria y paso del tiempo?
Tengo una pasión en la vida, una suerte de mística pagana que es para mí la naturaleza. Nunca es un decorado ni un escenario en mi poesía, sino el lugar desde el que interrogo al mundo y a la vez lo acepto. Existe la memoria de un mundo rural en el que crecí, es pasado y siempre presente como lo son todos los territorios de la infancia. Pero también existe la experiencia siempre cambiante con el paso del tiempo, y un objetivo abarcador que da sentido profundo a mi modo de estar en el mundo. Es un latir, una implicación con cada piedra, árbol o pájaro. Me importa conocer el nombre de cada árbol o pájaro como conozco el de mis parientes o amigos. No soy, ni seremos, sin la naturaleza.
¿Cuánto hay de experiencia personal en Las colinas de agosto y cuánto comienza cuando esa experiencia se transforma en otra cosa?
Hay experiencia personal, que se transforma porque el poema implica un trabajo con el lenguaje, siempre con la incertidumbre del que busca una verdad interior, una verdad poética, con la forma y el ritmo que requiera esa verdad de ese determinado poema. Escribo rondando la extrañeza y la inseguridad siempre, como cualquier creador que reúna muchos elementos, no solo la experiencia.
¿Qué cosas solo puede decir un poema y resultarían imposibles de expresar de otra manera?
No lo sé. La ciencia explica y la poesía no, la poesía quiere implicarnos. Yo aspiro a expresar latidos, no solo ideas, expresar el asombro que me produce estar viva en medio de este extraño universo. Si alguien encuentra sentido a mis palabras, bien, si no, no sé expresar de otra manera lo que siento y pienso.
¿Cómo trabajas un poema: nace de una imagen, de una frase, de una intuición o de algo observado?
De todo ello, depende de cada poema. Y luego, lo que más me importa es no aburrir.
¿Qué importancia tienen el silencio y lo no dicho en tu escritura?
Lo mismo que en mi vida: muchísima. El silencio es mi hábitat natural, lo necesito. Y luego está lo que acabo de apuntar, no me gusta aburrir repitiendo lo ya dicho una y otra vez. Prefiero la sorpresa de dos palabras que se encuentran aparentemente sin sentido y nos sorprenden y llevan a otro espacio interior. El silencio no es solo callarse, no decir, sino algo imprescindible para escuchar al otro, a todo lo que nos habla continuamente. El poema ha de tener sus silencios para ser escuchado.
¿Qué esperas que permanezca en el lector cuando cierre Las colinas de agosto?
Lo cierto es que no espero nada. Me gustaría que quien lo leyera se acercase a una realidad que a mí me cobija, pero sin esperarlo.
Si tuvieras que elegir una sola imagen que contuviera todo el libro, ¿cuál sería?
Sé mirar
con la luz que me entregan los pájaros.
