Maryory Egleed
«Me interesa explorar qué hacemos con la libertad que todavía nos queda»
_ Raúl Ordás
Hay novelas que nacen de una idea y otras de una imagen que se queda dentro hasta que encuentra una historia. Las Magnolias de Amy pertenece a estas últimas. Maryory Egleed comenzó a escribirla a partir de la visión de una mujer entre ruinas, rodeada de ausencia y recuerdos, en un momento marcado por la muerte de su propia madre. De aquella imagen surgió una novela sobre la pérdida, pero también sobre todo lo que puede comenzar después de ella.
Amy es una mujer obligada a buscar su lugar en un mundo que pretende decidir por ella. A través de su historia, la autora explora la memoria, la identidad, la libertad, el amor y las pequeñas decisiones con las que una persona puede intentar cambiar el rumbo de su vida. La magnolia, capaz de volver a florecer después del invierno, termina convirtiéndose así en el símbolo de una novela que no niega las heridas, pero tampoco acepta que sean el final.
Hablamos con Maryory Egleed sobre el origen de Las Magnolias de Amy, las mujeres que habitan sus historias, la relación entre ficción e Historia y un camino literario que continuará próximamente con Las heridas de Lyon, ambientada en la Francia ocupada durante la Segunda Guerra Mundial.
1. Las Magnolias de Amy nació, según cuentas, de la imagen de una mujer entre ruinas, rodeada de pérdida y recuerdos. ¿Qué viste en aquella primera imagen para saber que allí había una novela?
La imagen apareció en un momento muy difícil de mi vida, cuando estaba viviendo el duelo por la muerte de mi madre. Vi a una mujer entre ruinas, rodeada de pérdida y recuerdos, y reconocí en ella una pregunta que también me acompañaba: cómo se sigue viviendo cuando alguien a quien amas ya no está. Al principio no sabía cuál sería su historia. Solo sentía que aquella mujer aún tenía algo por contar, que las ruinas no eran el final. Empecé a escribir para descubrirlo y así nació Las Magnolias de Amy.
2. Amy es una mujer que debe enfrentarse a las expectativas de la sociedad y decidir qué vida quiere vivir. ¿Qué parte de ti hay en esa necesidad de no aceptar el destino que otros han elegido para nosotros?
Amy y yo vivimos circunstancias muy distintas, pero comparto esa necesidad de no dejar que otros definan los límites de una vida. Me interesa especialmente el momento en que una mujer comprende que puede agradecer lo que ha recibido, amar a las personas que la rodean y, aun así, querer un futuro diferente del que esperan para ella.
La libertad no siempre se manifiesta en un gesto grandioso. A veces empieza con una pregunta íntima: «¿Y si pudiera elegir?». Esa pregunta también forma parte de mí. Por eso no quería escribir a Amy como alguien que nunca duda, sino como una mujer que debe encontrar su propia voz mientras aprende a vivir con las consecuencias de sus decisiones.
3. La magnolia tiene una presencia simbólica muy fuerte en la novela. ¿Qué representa esa flor y por qué terminó convirtiéndose en la imagen que contiene toda la historia?
El magnolio acompaña a Amy desde su infancia en el orfanato. Bajo ese árbol crece su amistad con Sophie y nace la esperanza de que algún día ambas puedan tener una vida diferente. Por eso, para mí, la magnolia no es solo una imagen de belleza: guarda una promesa y, con el paso del tiempo, también una memoria.
Sophie le recuerda a Amy que las magnolias florecen incluso después de los inviernos más duros. Esa idea terminó reuniendo el sentido de la novela. Florecer no significa que el invierno no haya existido ni que podamos recuperar todo lo perdido. Significa que todavía podemos amar, elegir y construir algo con lo que permanece en nosotros.
4. Memoria, identidad, pérdida y resiliencia atraviesan Las Magnolias de Amy. ¿Cuál de esos temas apareció primero y cuál descubriste mientras escribías?
La pérdida apareció primero. Después comprendí que la memoria no consistía solo en recordar a quienes ya no están, sino también en reconocer cuánto de ellos permanece en nuestra manera de mirar el mundo.
Mientras escribía a Amy, la identidad fue ganando fuerza. Me preguntaba quién llegaría a ser después de todo lo vivido y cómo podría construir una vida propia sin dejar atrás lo que amaba. La resiliencia nació de esa pregunta. No la entiendo como la obligación de estar bien o de olvidar, sino como la capacidad de seguir adelante llevando nuestra historia con nosotros.
5. Has explicado que, al documentarte, te interesaban no solo los grandes acontecimientos históricos, sino las atmósferas, los testimonios y las voces silenciadas. ¿Cómo se consigue hacer creíble una época sin convertir la novela en una lección de historia?
Intento recordar que los personajes no saben que están viviendo «un periodo histórico». Viven un día concreto: trabajan, se enamoran, enferman, tienen miedo, hacen planes. Los grandes acontecimientos entran en sus vidas y alteran aquello que creían seguro.
La documentación me ayuda a comprender las posibilidades y los límites de esa época, pero al escribir me pregunto cómo afectan a una persona. Qué puede decir una mujer en una habitación llena de gente. De qué depende su independencia. Qué significa recibir una carta o despedirse sin saber cuándo volverá a ver a alguien. Cuando un detalle histórico modifica una decisión, una relación o un gesto cotidiano, la época empieza a sentirse viva sin necesidad de detener la historia para explicarla.
6. En tus textos defiendes protagonistas femeninas que puedan equivocarse, elegir y tener una voz propia. ¿Qué te interesa especialmente de las mujeres que tuvieron que enfrentarse a sociedades mucho más restrictivas que la nuestra?
Me interesa comprenderlas dentro de las posibilidades reales que tenían. A veces miramos a las mujeres del pasado únicamente desde aquello que les fue prohibido, y corremos el riesgo de perder de vista su inteligencia, sus contradicciones y las pequeñas decisiones con las que intentaron abrirse camino.
No quiero convertirlas en heroínas perfectas que piensan como nosotras, ni reducirlas a víctimas de su época. Quiero que puedan sentir ambición, ternura, rabia o miedo; que se equivoquen y que cambien. Darles una voz propia es tomarse en serio su humanidad. También nos permite preguntarnos qué libertades disfrutamos hoy gracias a otras mujeres y cuáles seguimos dando por supuestas.
7. Antes de escribir fuiste una lectora apasionada de novela romántica. ¿Qué ocurrió para que un día dejaras de preguntarte qué haría una protagonista y comenzaras a decidirlo tú como escritora?
No hubo un día en que dejara de ser lectora para convertirme en escritora. Leer despertó mi imaginación y, con el tiempo, empecé a quedarme pensando en las decisiones que una protagonista no había tomado, en lo que un personaje callaba o en la vida que podía existir después de la última página.
Al escribir descubrí que podía seguir mis propias preguntas. También aprendí que decidir por una protagonista no significa imponerle cualquier destino: hay que conocerla lo suficiente para comprender qué elegiría ella, incluso cuando su elección te sorprende. Sigo escribiendo con la curiosidad de aquella lectora, solo que ahora soy yo quien debe encontrar el camino de la historia.
8. Dices que tus personajes no los eliges, sino que «te encuentran». ¿Te ha ocurrido alguna vez que un personaje haya terminado llevando la historia hacia un lugar completamente distinto del que habías imaginado?
Sí me ha ocurrido que, al conocer mejor a un personaje, una decisión que había previsto para él deja de parecerme verdadera. Sobre el papel podía funcionar, pero ya no encajaba con lo que había vivido, con lo que temía o con aquello que más deseaba. Entonces tengo que escucharlo y reconsiderar el camino de la historia.
Cuando digo que los personajes «me encuentran», me refiero a esa sensación de reconocer algo en ellos antes de comprenderlo del todo. Escribir me permite descubrir quiénes son. No creo que tengan vida al margen de la novela, pero sí creo que, para hacerlos creíbles, debo estar dispuesta a que me sorprendan.
9. También has escrito que el amor en una novela no debería exigir que una mujer se anule a sí misma. ¿Ha cambiado nuestra manera de escribir y leer el amor en la ficción histórica?
Creo que hoy leemos con más atención lo que una historia entiende por amor. Podemos sentirnos atraídos por una relación intensa y, al mismo tiempo, preguntarnos cuánto espacio conserva cada persona para seguir siendo ella misma. En la ficción histórica esa pregunta es especialmente interesante, porque las convenciones sociales y la dependencia económica podían pesar enormemente sobre las decisiones de una mujer.
No se trata de pedir a los personajes del pasado que vivan como nosotros. Se trata de mostrar con honestidad qué desean, qué pueden elegir y qué precio tiene cada elección. A mí me interesa un amor capaz de acompañar una transformación, no uno que exija a la protagonista renunciar a su voz para merecerlo.
10. Has definido Las Magnolias de Amy como el comienzo de tu camino como escritora. Ahora que el libro ya pertenece también a sus lectores, ¿qué tipo de autora quieres llegar a ser y qué historias todavía necesitas contar?
Quiero ser una autora que no deje de hacerse preguntas y que trate a sus personajes con profundidad, incluso cuando toman decisiones difíciles. Me interesan la memoria, la libertad, los lugares que nos transforman y las huellas que los grandes acontecimientos dejan en la vida íntima de las personas.
Las Magnolias de Amy abrió para mí un camino que entonces no imaginaba. Mi próxima novela, Las heridas de Lyon, cuya publicación está prevista para finales de octubre o principios de noviembre, continúa algunas de esas inquietudes desde otro escenario y con otra voz. Transcurre en el Lyon ocupado durante la Segunda Guerra Mundial, una ciudad cuyos pasadizos, calles y silencios forman parte de la experiencia de los personajes. Me interesaba explorar qué ocurre con las personas cuando la historia irrumpe en lo cotidiano y sobrevivir empieza a exigirles decisiones que nunca pensaron tener que tomar.
Son novelas distintas, pero comparten una pregunta que quiero seguir explorando como escritora: cómo nos transforman la pérdida, el miedo y el amor, y qué hacemos con la libertad que todavía nos queda.
