Mortinguer

El arte como inteligencia compartida y práctica de vida

_ Raúl Ordás

En un contexto donde la educación artística oscila entre lo académico y lo ornamental, Mortinguer irrumpe como una propuesta híbrida que desborda etiquetas: escuela, estudio y espacio de mediación confluyen en un mismo territorio creativo. Su enfoque, arraigado en la idea de la “inteligencia artística”, reivindica el arte no como un saber especializado, sino como una capacidad común que puede activarse, acompañarse y expandirse en múltiples contextos. En esta conversación, el equipo reflexiona sobre pedagogía, creación, comunidad y diseño, trazando una filosofía de trabajo donde el proceso importa tanto como el resultado, y donde pensar, jugar y crear forman parte de un mismo gesto transformador.

Mortinguer se define a la vez como escuela, estudio y espacio de mediación artística. ¿En qué momento sentisteis la necesidad de no elegir una sola etiqueta y asumir esa identidad híbrida?

En la cosmovisión aymara, el pasado —nayra, que también significa “OJO” o “mirada”— está delante porque ya ha sido visto, vivido y nombrado. El futuro —qhipa, es lo que viene por detrás— queda a la espalda porque aún no se ve. 

En Mortinguer caminamos orientándonos por lo que conocemos. El espacio empezó como un lugar donde tres personas trasteábamos desde el diseño, la escultura y el dibujo, con muchas horas de conversación de por medio. Hoy seguimos entendiendo este lugar como un sistema de vasos comunicantes cuyo ónfalo es el arte. Éste se despliega a través de una escuela, un estudio de diseño, el mundo de la ilustración y la mediación artística. 

Habláis de inteligencia artística como eje vertebrador del proyecto. ¿Cómo se traduce ese concepto en prácticas concretas de enseñanza, creación y acompañamiento?

La inteligencia artística se traduce en proyectos pensados para activar la sensibilidad, el pensamiento crítico o las relaciones entre personas desde infinidad de contextos y situaciones.

En la práctica, estas propuestas han servido para desbloquear procesos grupales en empresas, mejorar la comunicación en equipos, generar obras colectivas en museos, activar la imaginación o acompañar situaciones de malestar social.

El concepto de inteligencia artística tiene autoría, es de la comisaria y crítica Marisol Salanova que lo articula con profundidad en su libro homónimo (Inteligencia Artística: Actual, 2023) y nos permite situar el arte como una forma de conocimiento compartido y presente en todas las personas: no ornamental, no elitista, sino transformador. 

Defendéis que las habilidades artísticas son innatas a las personas. ¿Qué bloqueos o miedos detectáis con más frecuencia cuando alguien se acerca por primera vez al proceso creativo?

El miedo al ridículo y al “no saber” son los bloqueos más habituales. Casi siempre son esos. Y, curiosamente, suelen caer rápido, a veces ya el primer mes. Aparecen tanto en infancia como en personas adultas, especialmente en contextos educativos y profesionales.

En las ciudades todas las calles parecen llevar a un bar —y eso está bien—, pero también somos misterio, curiosidad y deriva. Rasgar un papel, afilar un lápiz, oler una goma Milán, tirar líneas sin saber a dónde van… esas acciones también nos definen como sociedad. 

Para participar en las actividades no hace falta tener conocimientos previos, ya que están ideadas para todas las personas (profesionales, artistas o entusiastas son bienvenidos). El trabajo consiste en restituir la confianza en capacidades que ya existen. En el dibujo, por ejemplo, acompañamos a las personas a recuperar algo que fue natural y se interrumpió, tal vez por la presión del hacerlo bien o mal. En contextos institucionales o corporativos, este enfoque permite la participación, el bienestar y el pensamiento crítico sin forzar resultados ni infantilizar los procesos. 

El disfrute y la diversión aparecen como valores centrales en vuestra pedagogía. ¿Cómo se conjugan el juego y la exigencia en un aprendizaje artístico serio y profundo?

El juego puede configurarse como una matriz para que el conocimiento aflore. En nuestras sesiones hablamos lo mismo de Jackson Pollock que de Bob Esponja, de arte contemporáneo que de cultura popular. Ese cruce permite leer imágenes, discursos y contextos de forma crítica. Creemos que las personas deben ser protagonistas de su propio aprendizaje, y dar clase consiste, en gran medida, en facilitar eso.

En términos operativos, la escuela funciona con colaboradores especializados y trayectoria acreditada en Bellas Artes, educación, diseño y mediación. El equipo combina experiencia docente y trabajo con instituciones culturales, educativas y organizaciones privadas. Esta base permite desarrollar programas de formación del profesorado, proyectos intergeneracionales, así como intervenciones para empresas orientadas a cohesión de equipos, creatividad aplicada, comunicación interna, pensamiento visual y procesos de innovación colaborativa. 

 Vuestro enfoque pone el acento en la escucha, el diálogo y el cuidado. ¿Qué diferencia a vuestro modelo educativo de otros más normativos o académicos?

La estructura, el método o la evaluación son aliados del conocimiento. No trabajamos al margen del sistema ni desde una burbuja ideal. El calendario escolar y sus horarios también son uno de nuestros faros. En un mundo ideal Mortinguer sería un lugar al que se va porque suma. En el mundo real, muchas familias necesitan “encajar” a sus hijos en algún sitio porque el servicio público no llega a esa franja horaria, porque la conciliación no perdona, o porque la red familiar no existe.

Y luego, escuchar es atender, es saberse en un proceso vivo y abierto. Esto termina por posibilitar cosas. Por ejemplo, que aprendas a expresarte. O que acabes encontrándote a ti misma. Y eso es algo del todo inesperado. Y sorprendente para muchos. Este espacio ofrece esa posibilidad y te acompaña a tu propio ritmo, nada más.

En el estudio trabajáis desde el concepto de micromundos y macrohumanos. ¿Cómo influye esta mirada en vuestros proyectos de ilustración e identidad visual? 

Además de la escuela, somos un estudio de gráfica, identidad visual desde la ilustraciónDetectamos las claves que un proyecto, una familia, un pueblo o un museo necesitan para dar forma a su universo.

Cuando una institución, una empresa o un autónomo entiende que el diseño no es un gasto estético—que su identidad, su relato y su sustento económico merecen ser pensados por profesionales— ocurre algo importante: se reconoce el valor del oficio, la coherencia del proyecto y la eficacia de una comunicación bien construida. Apostar por diseño es “La” herramienta para dar estructura, dirección y credibilidad a lo que se hace. 

Trabajamos detectando los micromundos de cada proyecto —sus valores, tensiones, relatos o límites— y conectándolos con una mirada de largo recorrido (macro), capaz de dialogar con numerosos públicos y perdurar en el tiempo. Esto permite generar identidades visuales claras, sensibles y duraderas, que no se agotan en una temporada o campaña.  

Cuando desarrolláis identidades visuales para empresas o instituciones, ¿cómo equilibráis la investigación artística con las necesidades estratégicas del cliente?

Partimos de una idea bastante ramplona: nadie lo sabe todo. Nos gusta rodearnos de otros saberes y esto, en ocasiones nos ha llevado a realizar viajes fascinantes para visitar a un patatero gallego o acudir al decano de una facultad de Derecho, según lo que el proyecto pida.

Cada identidad visual es dar con las preguntas adecuadas para comprender sus aristas; los matices. Un proyecto que lo ejemplifica es el que desarrollamos junto al CREDEI y el Observatorio Estatal de la Soledad. El reto era comprender que no hay “la soledad”, sino que ésta tiene muchas formas y muy distintas.

Años después, esos diseños e ilustraciones siguen circulando, aparecen en congresos y continúan vivos. La propuesta gráfica funciona como un juego: acompaña o sigue generando sentido con el paso del tiempo. 

Mortinguer funciona también como lugar de encuentro entre personas con inquietudes similares. ¿Qué papel juega la comunidad en los procesos creativos que impulsáis?

Tenemos un posible post para publicar en la bandeja de salida que lleva por título “Gente Mortinguer”. Y nunca termina de publicarse. (hehe). 

Queríamos un patio para jugar y terminó convirtiéndose también en nuestro lugar de trabajo: un entorno abierto. El año pasado lo materializamos en un buzón permanentemente abierto. Lleva por nombre “El que la propone se la come”. 

En los proyectos de mediación artística e innovación educativa, ¿qué os interesa más: el resultado final o la transformación que se produce durante el proceso?

Somos barracudas. Cuando algo brilla, nos lanzamos sin pensarlo demasiado. 

Después de varios años de recorrido, ¿hacia dónde os gustaría que evolucionara Mortinguer: más escuela, más laboratorio, más estudio… o algo todavía sin nombre?

Algo todavía sin nombre. Eso es. Diría que nos dirigimos hacia la fiesta final. Existen comunidades en el sur de Francia que reivindican el entierro directo en tierra. Hay personas que sueñan con convertirse en compost. 

Nosotras entrenamos a diario para hacer arte, abrir nuevas matriculas, enamorarnos y llevar una vida exuberante.

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