Silencios mesetarios
En Castilla y León, ese arte de la escucha cobra una dimensión particular. En una tierra de horizontes amplios, pueblos dispersos y estaciones extremas, el sonido adquiere una condición de rareza.
_Ana Paula Osma
Durante siglos, el Arte ha sido una experiencia sobre todo visual. La historia, los museos, las escuelas y las ferias han hecho del ojo su instrumento privilegiado. Sin embargo, en las últimas décadas, el sonido ha emergido como material crítico y estético en la creación contemporánea. No como música, sino como espacio, como tiempo, como política. El Arte sonoro no busca agradar, sino afinar la conciencia.
En Castilla y León, ese arte de la escucha cobra una dimensión particular. En una tierra de horizontes amplios, pueblos dispersos y estaciones extremas, el sonido adquiere una condición de rareza. El silencio mesetario no es vacío, sino archivo latente: murmullos del viento entre chopos, campanas sin feligreses, máquinas agrícolas que marcan el pulso del día. Aquí, escuchar es también una forma de habitar.
Uno de los enfoques más relevantes ha sido el de la etnografía sonora: grabaciones de campo, entrevistas, mapas acústicos del entorno rural, como los Mapas de escucha desarrollados en el entorno de la Fundación Cerezales, han demostrado que la paisajística sonora no es sólo estética, sino memoria.
En ellos se recuperan sonidos tradicionales: cencerros, telares, gaitas, rezos, voces de mujeres mayores, junto con grabaciones contemporáneas de entornos transformados: el silencio de una fábrica cerrada, el zumbido de placas solares, el eco de una calle vacía. Cada sonido cuenta una historia que la imagen no capta.
En el ámbito del Arte expositivo, diversas instalaciones han explorado el sonido como materia espacial. En el MUSAC, la exposición El arte del ruido (2022) incluyó obras de Llorenç Barber y José Iges, pioneros del arte sonoro en España, así como experimentos de artistas emergentes que trabajan con el sonido como arquitectura invisible.
Más allá de las salas blancas, se han realizado acciones site-specific en ermitas, silos y ruinas industriales, donde el eco y la reverberación no se manipulan, sino que se dejan hablar por sí mismas.
Un artista que realiza estas intervenciones es Nilo Gallego (Ponferrada, 1970) transformando lo cotidiano en experiencia musical. A través de sus performances con objetos comunes, grabaciones de campo y acciones colectivas, transforma el sonido en herramienta de escucha crítica. Ha actuado en calles, plazas y paisajes rurales, explorando la frontera entre música, espacio y comunidad. En sus piezas, el silencio de Castilla y León se convierte en partitura abierta y viva.
Lo que une estas prácticas es una ética de la atención. Escuchar lo que no se graba fácilmente. Sonidos que no se venden, que no se exportan, que no se repiten. El goteo de una teja, el ulular del cierzo en una nave vacía, la voz temblorosa de quien recuerda un canto perdido.
Muchos de estos trabajos funcionan como formas de posmemoria, en una región donde la despoblación ha silenciado no solo calles, sino acentos, oficios, rituales. En vez de estetizar ese vacío, el arte sonoro lo activa como materia viva, como frecuencia que resiste a la desaparición.
En otro orden pero ligado íntimamente con la tradición encontramos a los artistas de Techno Charro, un espectáculo híbrido que mezcla electro‑techno con tradición rural. Personajes ataviados al estilo “charro” recorren el espacio público acompañados por beats vibrantes y luminiscencia neón: una fiesta estridente que subraya la convivencia entre lo ancestral y lo futurista.
Este formato performativo no solo atrae a un público diverso sino que reconfigura la identidad local, celebrando sus raíces con humor, espectáculo y una estética de choque. Techno Charro representa así un acto de resistencia festiva, donde el folclore castellano se redefine desde la electrónica y la experiencia colectiva.
Es pues que, en un mundo saturado de estímulos visuales y ruido mediático, el Arte sonoro en Castilla y León propone una escucha radical. Radical en el sentido etimológico: volver a las raíces. Escuchar como gesto político, como forma de cuidado, como acto de resistencia.
El silencio aquí no es la ausencia de sonido, sino el campo fértil donde el Arte trabaja. Un silencio que no calla, sino que espera ser atendido. Donde cada grano de sonido, mínimo, olvidado, marginado, se convierte en partitura de lo común.
Quizá el reto del Arte Contemporáneo no sea añadir más imágenes, sino crear las condiciones para oír lo que no se oye. En Castilla y León, una región acostumbrada al murmullo más que al bullicio, al eco más que al discurso, el Arte sonoro ha encontrado una afinidad radical con el territorio.
Silencio no es vacío. Sonido no es ornamento. Escuchar es ya una forma de pensar. Y en la meseta, ese pensamiento camina descalzo, reverbera lento y no deja huella… pero suena.
