Valentín Carrera
"A la hora de escribir creo que es necesario poner la vista sobre un punto en el que nadie lo haya puesto antes. "
_ Raúl Ordás
Valentín Carrera es un autor de mirada viajera, humanista y profundamente comprometida con la memoria de los lugares. Su escritura nace del cruce entre la literatura, el periodismo, la historia y el viaje, territorios desde los que ha construido una obra atenta tanto al paisaje exterior como a las huellas morales que deja el tiempo en las personas y en los pueblos. En sus textos, la aventura no es solo desplazamiento, sino también conocimiento; y la palabra funciona como una forma de rescatar voces, caminos, geografías y episodios que corren el riesgo de quedar sepultados por el olvido. Su trayectoria lo sitúa entre esos escritores que no se limitan a narrar el mundo, sino que lo interrogan, lo recorren y lo devuelven al lector cargado de sentido.
El mundo desde abajo reconstruye el viaje de Rosendo Salvado desde Roma hasta Australia Occidental. ¿Qué te llevó a seguir los pasos de este misionero gallego del siglo XIX?
Me atrajo el hecho de que Rosendo Salvado sigue siendo entre nosotros un gran desconocido, aunque en Australia es una personalidad admirada y tiene fans, camisetas, imanes de nevera y hasta existe el “Camino de Salvado” por el que peregrinan todos los años muchos devotos recorriendo el primer itinerario de Rosendo en la selva. Que, en España, incluso en su Galicia natal, sea casi ignorado fue casi una provocación, una invitación a sumergirme en su vida y obra.
Rosendo Salvado fue religioso, músico, viajero, humanista y defensor de derechos. ¿Cuál de esas facetas te resultó más reveladora durante la escritura?
Fue todo eso y además fue filólogo (recopila un diccionario de los dialectos indígenas de Perth), antropólogo, médico homeópata, escritor (tiene dos libros de memorias magníficos, dieciocho cuadernos con sus diarios y más de diez mil cartas), teólogo (participa en el Concilio Vaticano) y muchas cosas más, pero de toda su personalidad poliédrica, lo más revelador es su fuerza de voluntad, su coraje, su determinación de ser misionero y cumplir su misión hasta el fin con todas las consecuencias. Y lo hace y lo consigue. Ahí sigue, casi doscientos años después, la abadía de New Norcia.
La fundación de New Norcia en 1846 ocupa un lugar central en la obra. ¿Qué representa hoy esa misión dentro de la memoria histórica de Australia y de Galicia?
En la memoria histórica de Australia es importante: como decía, Salvado es un personaje en Australia Occidental y sobre su obra se han escrito cientos de tesis y trabajos de investigación, casi siempre en inglés. Es respetado: su obra ha sido digitalizada y estudiada. En Galicia sigue siendo una asignatura pendiente, pero en mi opinión debería ocupar un lugar en el Panteón de Galegos y Galegas Ilustres, junto a otros dos benedictinos inmensos: fray Benito Jerónimo Feijóo y fray Martín Sarmiento, que por cierto nació en Villafranca del Bierzo. Otra asignatura pendiente…
En el libro se dice que Valentín Carrera “viaja con Salvado”. ¿Cómo se escribe sobre un personaje histórico sin convertirlo en una figura distante o monumental?
Lo que procuro hacer es calzarme sus zapatos, enfundarme sus hábitos y ponerme en situación. Intentar comprender -a través de sus propios diarios y memorias- qué piensa, pero sobre todo qué siente, que padece, qué sueña. No hay lugar para la distancia: Salvado se muestra siempre muy cercano, o como digo en el libro, “humano, demasiado humano”. La clave para acercarme a Salvado ha sido tratar de entenderlo sin juzgar su vida o sus actos. No somos nadie para juzgar a los demás; y la tarea del escritor no es juzgar, ni decir a los lectores y lectoras si ha sido bueno o malo. Yo les cuento: esta ha sido su vida, sus viajes, sus dolores. Y ahora cada cual construya su propia impresión. La mía es de profunda admiración y respeto.
Salvado fue amigo de los yued y los noongar. ¿Qué importancia tiene esa relación en la mirada ética del libro?
Justamente esa admiración y respeto que siento por Salvado nace de una talla humana que sobrecoge; su defensa de los indígenas es un ejemplo ético, un referente. Hay que situarse en 1845, cuando la esclavitud y los abusos a los indígenas eran moneda corriente en todas las colonias, cuando los indígenas eran considerados “sin alma”, una especie de subhumanos en taparrabos; y Salvado llega al bush, la selva australiana, se encuentra con las tribus yued y noongar y las abraza de tú a tú, de igual a igual. “Todos somos iguales. Solo hay una raza: la raza humana”. Decir esto a mediados del siglo XIX muestra la inteligencia y la sensibilidad de Rosendo Salvado. Lo dice y lo practica.
El texto presenta a Salvado como un humanista ilustrado que anticipa la globalización. ¿En qué sentido su vida permite leer problemas muy actuales?
Es un ilustrado y un enciclopedista porque su curiosidad intelectual es infatigable; lee, estudia, escribe, se forma, habla varios idiomas; lleva a la misión de New Norcia una biblioteca increíble que allí se conserva intacta; consigue la nacionalidad británica y viaja más que el capitán Cook, cuando la ruta de Londres a Fremantle duraba cuatro meses. Digo que es un personaje global, el Humboldt gallego, porque su vida, como la de la reina Victoria de Inglaterra, atraviesa como una columna vertebral todo el siglo XIX.
La música aparece como una de las claves de su personalidad: organista, pianista y contemporáneo de Liszt. ¿Qué papel juega la sensibilidad musical en su manera de comprender el mundo?
Rosendo aprende las primeras notas y empieza a tocar el órgano siendo niño en la catedral de Tui, donde su padre era el sochantre, el maestro de música; desde entonces su talento musical crece, se convierte en organista y pianista, compone piezas románticas y, sí, podría haber sido Liszt o Chopin, pero Salvado no quiere ser artista, solo concibe la música como una herramienta de evangelización, al servicio de su vocación misionera.
El viaje atraviesa los mares Mediterráneo, Atlántico e Índico a bordo de la fragata Elizabeth. ¿Qué buscabas transmitir de esa experiencia oceánica?
La primera parte del libro está dedicada al primer viaje de Rosendo en la fragata Elizabeth, para tratar de entender cómo era en 1845 una travesía de cuatro meses en un viejo cascarón de madera, cincuenta tripulantes, de ellos veintiocho misioneros, incluidas siete monjas irlandesas que huían de la hambruna de la patata. ¿Cuál es la sensación que desprende y que quiero hacer sentir a los lectores? Ignorancia (van hacia lo desconocido), miedo, incertidumbre, penurias y pocas comodidades, y mucha fe: entre mareo y mareo, se pasan la travesía rezando y cantando. Esa travesía es una aventura total: El mundo desde abajo, sin pretenderlo, es un libro de aventuras… reales.
El libro parece combinar biografía, crónica de viaje y ejercicio literario. ¿Cómo encontraste el equilibrio entre documentación histórica y voz narrativa?
Quizás aquí pueda dar la voz al jurado que me concedió el Premio Altaïr y escogió esta obra —entre más de cien manuscritos de todo el mundo— “por la manera en la que el autor es capaz de crear un itinerario personal, su capacidad para relacionar conocimientos, para buscar los nombres más remotos, para exponer las voces y relacionar lo que está pasando en Australia con lo que pasaba en Europa; es impresionante. Estamos delante de una investigación muy importante. Un texto de una riqueza léxica y lingüística impresionante, que genera una reflexión y un impacto emocional enorme”.
Si ellos lo dicen…
1El mundo desde abajo invita a mirar el mundo con empatía crítica. ¿Qué puede enseñarnos hoy Rosendo Salvado sobre la forma de viajar, escuchar y comprender al otro?
El título es importante porque es toda una declaración de intenciones: El mundo desde abajo nos invita a salir de nuestro ombligo, de nuestra perspectiva europea, y mirar el mundo, la humanidad y la historia, desde otros puntos de vista: la perspectiva geográfica desde abajo es la de Australia, África o Sudamérica, cuando aquí es verano, allí es invierno y no me refiero solo al tiempo y las estaciones. Pero hay también una perspectiva social: los de arriba son el poder y los de abajo son los pobres y menesterosos. Rosendo Salvado conoce y trata con el poder —el gobernador de la Colonia, el Papa, el rey de Nápoles o la reina Isabel II que quiere nombrarle obispo de Lugo, y él lo rechaza—, pero su corazón y su cabeza están siempre con los de abajo, con el Otro, el que es distinto.
En el año 2026, cuando ciertos partidos y doctrinas pretenden dar carnets de personas de 1ª, 2ª o 3ª categoría y repartir etiquetas en función del color de la piel, el país de origen, las creencias, el sexo, o lo que sea… la voz de Rosendo Salvado predica la igualdad: todos somos iguales, solo hay una raza, la raza humana. Esto hace que El mundo desde abajo sea un libro muy actual y necesario. Espero que su lectura deje un poso de reflexión y esperanza.
