Verónica Criado

«El día que dejé de ser niña nació de la necesidad de mantener viva la memoria de mi padre»

_ Raúl Ordás

El día que dejé de ser niña nació durante los últimos 54 días de vida de Marcelino, el padre de Verónica Criado. Lo que comenzó como una recomendación de una amiga —escribir para dar salida a todo lo que estaba sintiendo— terminó convirtiéndose en cientos de páginas y, finalmente, en un libro. No había entonces intención de publicar. Había angustia, rabia, miedo y, sobre todo, la necesidad de poner palabras a una experiencia para la que resulta difícil encontrarlas.

Pero esta no es únicamente una historia sobre la enfermedad y la muerte de un padre. Es también el intento de conservar al hombre que existió antes de esos últimos días: su carácter, sus defectos, el humor compartido, la vida familiar y la relación entre un padre y una hija a la que siempre llamó «su niña pequeña». De ahí nace también el título: dejar de ser niña significa descubrir, de la forma más dolorosa, que quien te protegió durante toda la vida ya no está para seguir haciéndolo.

Con una escritura autobiográfica que rehúye la idealización del duelo, Verónica Criado convierte su experiencia en memoria y legado. El día que dejé de ser niña habla de la pérdida, pero también del tiempo que creemos tener, de las familias imperfectas, de la culpa y de la necesidad de comprendernos después de atravesar aquello que nunca pensamos que tendríamos que vivir. Sobre todo, aspira a algo sencillo y difícil: acompañar. Ser, como define la propia autora, ese «abrazo literario» que a ella le habría gustado encontrar cuando más lo necesitaba.

1. El día que dejé de ser niña nace de una experiencia que cambió por completo tu vida. ¿En qué momento sentiste que aquella vivencia tenía que convertirse en una novela?

El día que dejé de ser niña nace de la necesidad de expresar todos los sentimientos que venía acumulando durante los últimos 54 días de vida de mi padre, Marcelino. Una amiga, estudiante de Psicología, me recomendó que escribiera todo lo que me estaba pasando, y le hice caso. Empecé sin ninguna intención de publicar, simplemente porque necesitaba sacar fuera todo aquello que llevaba dentro.

Me volqué en escribir la experiencia y, cuando quise darme cuenta, había escrito cientos de páginas. Fue entonces cuando pensé que no quería que se quedaran guardadas en un ordenador. La historia de mi padre y de mi familia podía acompañar a otras personas que estuvieran atravesando algo parecido y poner palabras a sentimientos que quizá ellas mismas no sabían cómo expresar.

Pero había otra razón todavía más personal: quería dejar un legado. No quería que Marcelino quedara reducido a sus últimos 54 días, a la enfermedad o a su muerte. Quería que quien leyera el libro pudiera conocer también al hombre que había detrás: su carácter, sus historias, nuestro sentido del humor, nuestra relación y la vida que hubo antes de la pérdida. Que pudiera conocerlo no solo por cómo murió, sino por cómo vivió y, sobre todo, por el padre que fue.

2. El título sugiere una pérdida brusca de la inocencia. ¿Qué significa exactamente para ti ese “día” en el que dejas de ser niña?

El título combina varios significados para mí, pero probablemente el más importante nace de algo muy sencillo: mi padre siempre decía que yo era «su niña pequeña». Da igual la edad que tengas; para determinadas personas sigues siendo esa niña.

Por eso, para mí, El día que dejé de ser niña no habla exactamente de perder la inocencia. Habla de esa parte de ti que desaparece cuando muere alguien que te ha protegido desde que naciste. Cuando esa persona se va, esa niña también se marcha de alguna manera con ella.

Y habla también de una inversión de los papeles que la vida te impone sin preguntarte si estás preparada: tener que cuidar a quien siempre había cuidado de ti, tomar decisiones que nunca imaginaste que tendrías que tomar y asumir responsabilidades que sientes que no te corresponden. Es tener que ser fuerte precisamente cuando ni siquiera sabes dónde buscar las fuerzas.

Ese fue, para mí, el día que dejé de ser niña. No porque dejara de necesitar a mi padre, sino porque ya no estaba él para seguir llamándome su niña pequeña.

3. Al tratarse de una novela autobiográfica, ¿qué fue lo más difícil: recordar, escribir o decidir qué partes de tu propia vida querías compartir?

Aunque pueda parecer lo contrario, escribir no fue la parte más dolorosa ni la más difícil. En aquel momento escribía por necesidad, casi como una forma de sacar fuera todo lo que estaba viviendo y sintiendo.

Lo verdaderamente duro llegó cuando decidí convertir todas aquellas páginas en un libro. Entonces tuve que volver al principio y revivir conscientemente todo lo que había sucedido. Releer una y otra vez aquellos días, regresar a determinados momentos y sentimientos para editar el texto, ordenar la historia, elegir los títulos de los capítulos y decidir qué debía permanecer para que el resultado fuera lo más honesto posible.

Hubo partes que, si hubiera pensado únicamente en protegerme o en ofrecer una imagen idealizada de mi padre, probablemente no habría publicado. Pero precisamente por eso decidí mantenerlas. Yo no quería construir un personaje perfecto; quería contar a Marcelino tal y como fue. Era un hombre con carácter, con su temperamento, con virtudes y defectos. Y nuestra historia tampoco fue perfecta ni todo fue bonito.

Para mí era importante que el lector conociera a una persona real, no una versión embellecida por el duelo. Creo que también ahí está una parte de la honestidad del libro: querer profundamente a alguien no significa convertirlo en perfecto cuando muere.

4. ¿Cómo se transforma una experiencia real en literatura sin perder su verdad emocional?

Yo podía ordenar lo que había escrito, corregirlo y darle forma de libro, pero no quería corregir lo que había sentido.

Para mí era muy importante que el lector sintiera que estaba viviendo conmigo lo que yo había vivido, pero también que, mientras leía, acabara pensando en su propio padre, en su propia familia. Y para conseguirlo no podía centrarme únicamente en los últimos días de vida de mi padre. Quería que conociera a Marcelino antes de la enfermedad; quería contar su historia y la nuestra.

Por eso decidí intercalar recuerdos. Evidentemente tuve que elegirlos, porque toda una vida no cabe en un libro, pero creo que los que quedaron permiten hacerse una idea de quién era Marcelino y de cómo era nuestra relación. Además, esos recuerdos introducen pequeños respiros en medio de momentos muy duros. Hay escenas que incluso te hacen reír.

Porque El día que dejé de ser niña no es solo tristeza, enfermedad y pérdida. Es memoria, es familia y también es la vida que existió antes de que llegara el duelo.

5. Cuando escribimos sobre algo que nos ha marcado profundamente, existe el riesgo de volver a vivirlo. ¿Ha sido para ti una escritura dolorosa, liberadora o ambas cosas a la vez?

Inevitablemente, las dos cosas se fusionan. Escribir tuvo una parte liberadora porque me permitió sacar muchos de los sentimientos que llevaba dentro: la angustia y, sobre todo, la rabia. Ponerlos en palabras fue una manera de darles salida.

Pero también es profundamente doloroso volver conscientemente a todo lo que pasó. Y he descubierto que ese proceso no terminó cuando acabé el libro. Continúa después de publicarlo. Promocionarlo, hablar de él o incluso responder a esta entrevista hace que esos dos sentimientos vuelvan a coexistir.

Por una parte, siento orgullo de haber conseguido que nuestra historia llegue a más personas y de saber que, de alguna manera, he dejado por escrito el legado de mi padre para siempre. Pero, al mismo tiempo, cada vez que regreso al libro también regreso a su ausencia.

Hay momentos en los que tengo que parar porque resulta demasiado doloroso. El día que dejé de ser niña me permite seguir hablando de mi padre y mantener viva su memoria, pero también es un recordatorio constante de que él ya no está.

6. ¿Dónde termina Verónica Criado y dónde empieza el personaje literario de El día que dejé de ser niña?

En realidad, una y otra son la misma persona, o el mismo personaje, si queremos llamarlo así. La Verónica Criado que aparece en el libro es la misma que vivió todo aquello en la vida real. Y quizá esa sea precisamente la dificultad: no hay un personaje detrás del que esconderse.

La voz narrativa nació de las dos al mismo tiempo porque, en el fondo, nunca fueron dos. Lo que viví, lo que pensé y lo que sentí pertenece a la misma Verónica que después tuvo que encontrar la manera de contarlo.

La única diferencia está en la forma. Al convertir una experiencia real en un libro tienes que ordenar, seleccionar y cuidar cómo la cuentas para que el lector pueda entrar en ella. Eso inevitablemente crea una voz narrativa, pero no una versión ficticia de mí misma.

Aunque, por supuesto, hubo que hacer algún pequeño sacrificio literario: no podía incluir la cantidad de tacos que solté —y que sigo soltando— en mi forma habitual de hablar. Si lo hubiera hecho, probablemente el libro habría necesitado unas cuantas páginas más.

7. ¿Te preocupaba cómo podían recibir el libro las personas que forman parte, directa o indirectamente, de esa historia?

La respuesta sincera es que sí. Aunque he de reconocer que ese miedo no apareció realmente hasta que faltaban muy pocos días para que el libro saliera a la venta. Hasta entonces había estado tan concentrada en escribirlo y prepararlo que quizá no había pensado del todo en lo que supondría que mi familia pudiera leerlo.

La historia está contada desde mi perspectiva como hija: es lo que yo viví, lo que yo sentí y también mis propios recuerdos de mi padre. Y sabía que las vivencias de mi madre o de mis hermanos no tenían por qué coincidir exactamente con las mías. Mi hermano mayor, por ejemplo, solo me lleva siete años y, sin embargo, él mismo ha reconocido que no conoció al mismo padre que conocí yo. Cada uno construye una relación diferente incluso con una misma persona.

Pero quien más me preocupaba era mi madre. No sabía cómo iba a afrontar la lectura y, además, hice coincidir la publicación con una fecha especialmente significativa para ella: su cumpleaños y el aniversario de boda de mis padres.

Su reacción terminó sorprendiéndome. Le gustó de verdad y me contó que, a través del libro, había conseguido recordar cosas que durante los últimos 54 días de vida de mi padre habían quedado para ella envueltas en una especie de neblina mental. Desde entonces lo ha leído tres veces.

Creo que eso es lo más emocionante de su reacción: para mi madre, volver a leer el libro es también una manera de volver a tener a mi padre cerca.

8. Más allá de tu experiencia personal, ¿qué temas universales querías que encontrara el lector en la novela: la pérdida de la inocencia, el miedo, la supervivencia, la identidad, la reconstrucción?

Sinceramente, lo que quería que encontrara cualquier lector era una reflexión sobre el valor que damos a la familia y, especialmente, a nuestros padres. No son eternos, aunque muchos firmaríamos ahora mismo por poder revertir esa realidad.

Creo que vivimos demasiadas veces convencidos de que tenemos tiempo. Tiempo para hacer esa visita, para sentarnos a hablar, para compartir una tarde o simplemente para estar. Vamos dejándolo para más adelante porque el trabajo, las obligaciones y las preocupaciones del día a día parecen más importantes en ese momento.

Y cuando hablo de nuestros seres queridos no me refiero únicamente a las personas. También forman parte de nuestra familia los animales que nos acompañan. En mi caso, Isis, mi perra, también está presente en el libro y forma parte de esa reflexión sobre el tiempo y la pérdida.

Si quería que quedara algo más allá de mi propia historia era precisamente eso: que no esperemos a perder a alguien para comprender el valor del tiempo que tuvimos con él. Porque desgraciadamente muchas veces nos damos cuenta demasiado tarde.

9. Después de terminar el libro, ¿ha cambiado tu manera de mirar a aquella niña que fuiste y todo lo que tuvo que vivir?

Sí, ha cambiado mucho. Durante aquella experiencia y también después necesité ayuda psicológica. La ansiedad pudo conmigo y llegó un momento en el que tuve que reconocer que necesitaba ayuda.

Ahora puedo mirar a la Verónica que vivió aquellos 54 días y entender mejor por qué hizo muchas de las cosas que hizo. Probablemente, si tuviera que volver a pasar por lo mismo, no cambiaría demasiado mis decisiones, pero sí lo viviría con más herramientas para poder afrontarlo de otra manera.

También he aprendido muchísimo sobre la enfermedad de mi padre y, aunque me ha costado mucho reconocerlo, sobre las pocas posibilidades que realmente tenía de salvarse. Durante aquellos días mi empeño era encontrar la manera de salvarlo. Buscaba respuestas, alternativas, cualquier posibilidad que quizá se estuviera escapando, incluso por miedo a que los médicos no estuvieran haciendo todo lo que podían hacer.

Una de las cosas que más me ha costado después ha sido aceptar que yo no podía salvar a mi padre. Durante mucho tiempo me he preguntado si podría haber hecho algo más. Ahora empiezo a entender que hice todo lo que estaba en mi mano con lo que sabía y con las herramientas que tenía en aquel momento.

Y quizá el cambio más importante al mirar hoy a aquella Verónica sea precisamente ese: aprender a comprenderla en lugar de culparla.

10. Si una lectora que ha atravesado una experiencia difícil llega a El día que dejé de ser niña, ¿qué te gustaría que encontrara en sus páginas?

Compañía. Esa es la palabra.

No una fórmula mágica para superar lo vivido ni unas instrucciones sobre cómo afrontarlo. El día que dejé de ser niña no pretende decirle a nadie cómo tiene que vivir una experiencia así. Me gustaría que quien llegue a sus páginas encuentre, sencillamente, la compañía de saber que no está sola.

Que pueda encontrar expresados en palabras sentimientos que quizá ella misma tenga atascados en la garganta. Que pueda reconocerse en alguno de ellos sin pensar que está siendo demasiado drástica, demasiado dramática o que no debería sentirse de esa manera.

Me gustaría que el libro pudiera ser, simplemente, ese abrazo literario que yo personalmente habría deseado tener a mano cuando lo necesité.

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