Verónica Ibáñez

«Cada generación recibe una herencia emocional y decide qué hacer con ella»

_ Raúl Ordás

Dolerte duele, Lola nace de una ausencia concreta, la muerte de una abuela, pero pronto convierte esa pérdida íntima en una reflexión más amplia sobre la memoria, el duelo y aquello que heredamos de quienes nos precedieron. A través de una estructura de diario y de una conversación entre mujeres de distintas generaciones, la novela explora cómo convivimos con el dolor, qué permanece de quienes ya no están y de qué manera la escritura puede ayudarnos a transformar una herida sin necesidad de borrarla. Maternidad, familia, recuerdo y pérdida atraviesan una historia que cuestiona la visión del duelo como un territorio exclusivamente triste y reivindica también la ternura, la continuidad y la vida que persiste después de la ausencia.

Dolerte duele, Lola comienza con una ausencia. ¿Quién es Lola y por qué sentiste que su pérdida debía convertirse en literatura?

Comencé a escribir Dolerte duele, Lola tras el fallecimiento de mi abuela. Sentí que no era posible que alguien tan importante para mí pudiese quedar únicamente relegado al recuerdo de unos pocos y no traspasase generaciones. Y ahí entra en juego la maternidad, tan definitoria en mi yo actual.

Dolerte duele, Lola se inspira en la figura de mi abuela, pero Lola son todas las personas cuya ausencia nos duele pero que, de algún modo, continúan en nuestra cotidianidad.

El título juega de una forma muy poderosa con el nombre Dolores y con el propio acto de doler. ¿En qué momento apareció Dolerte duele, Lola y qué encierra para ti esa frase?

Efectivamente, el título de mi novela es un juego de palabras que evocan el dolor, pero que trabajan con él de una forma tan cotidiana como solemos llamar Lola a Dolores.

La frase encierra duelo, pero también sanación a través de una conversación intergeracional de mujeres de nombre legado.

La novela habla del duelo, pero no únicamente de la muerte. ¿Cuántas formas diferentes de pérdida atraviesan realmente nuestras vidas?

En el momento en el que somos conscientes de que formamos parte de la naturaleza es fácil darse cuenta de los ciclos que atravesamos, con su apertura y cierre.

El duelo abarca desde una pérdida personal hasta lo más sutil, pasando por rupturas, mudanzas, etc.

Has elegido el diario como vehículo para contar esta historia. ¿Qué te permitía esa escritura íntima que no habría permitido una narración más convencional?

Haber escogido la fórmula del diario para plasmar la voz de la narradora y sucesoras ha permitido exponer pensamientos internos, detallar emociones y sensaciones con la libertad que favorece la privacidad y, obviamente, narrar todo ello en primera persona.

Quería que la obra tuviera una gran carga de cotidianidad y emplear el diario como vehículo lo ha favorecido.

En el libro, la memoria acaba convirtiéndose en una especie de herencia entre mujeres de distintas generaciones. ¿Qué heredamos emocionalmente de nuestras madres y nuestras abuelas, incluso sin ser conscientes de ello?

Entre otras herencias, en Dolerte duele, Lola se hace referencia a la herencia emocional, esto es, a las diferentes maneras de afrontar el dolor o de protegernos de él.

En esta herencia emocional tiene mucho peso el nombre legado. Pero no creo que esa herencia sea un destino. Cada generación recibe algo y decide qué hacer con ello: qué conservar, qué transformar y qué dejar atrás.

En mi novela las mujeres participan de una conversación intergeneracional que les permite suturar la herida abierta hace años y transitar hacia la serenidad.

Amor, maternidad, relaciones familiares y relación con una misma aparecen unidos al proceso de duelo. ¿Crees que una pérdida termina obligándonos también a revisar quiénes somos?

En mi experiencia, es inevitable que una pérdida, sobre todo cercana, no nos lleve a replantearnos, en mayor o menor medida, nuestro rol en este plano. Es posible que sea así por el impacto que supone habitar el presente y, al mismo tiempo, tratar de asimilar un acontecimiento que abre de golpe un abismo en nuestro interior: un antes y un después.

Hay una idea especialmente interesante en la novela: años después, la escritura regresa para intentar «suturar» una herida que seguía abierta. ¿Puede la escritura cerrar realmente una herida o simplemente enseñarnos a convivir con ella?

No sé hasta qué punto cerrar una herida o ser capaces de convivir con el dolor difieren entre sí, o si difieren siquiera en algo. Creo que hay duelos en los que ambas dos opciones incluso llegan a entremezclarse.

En mi opinión, el simbolismo nos ayuda a transitar el cambio y a amortiguar el dolor. La escritura, en este caso, ayuda a los personajes de Dolerte duele, Lola a sanar.

Tu propia biografía señala la maternidad como un momento de renacimiento creativo. ¿De qué manera ser madre transformó tu forma de mirar la vida y también tu necesidad de escribir?

La maternidad es una puerta de entrada al diálogo interior y a sentir más allá del propio ser. Nos obliga, de alguna manera, a preguntarnos qué hay detrás de nosotros y qué queremos dejar a quienes vienen después.

En mi caso ser madre me ha infundido el valor de cuidar la memoria colectiva, y qué mejor manera que comenzar por lo que nos ha traído hasta aquí y por lo que somos: el recuerdo y la presencia.

En Dolerte duele, Lola conviven dolor y ternura. ¿Era importante para ti evitar que una novela sobre la pérdida terminara convirtiéndose en una novela únicamente triste?

Si hablo de darle importancia, hablaría también de voluntad. Y lo único deliberado en la escritura de Dolerte duele, Lola ha sido cuestionar la manera en que entendemos el duelo.

Pero sí, uno de los temas que recorre mi novela es el romper el estigma que sistemáticamente acompaña al duelo y dejar patente que es posible transitar el dolor y mostrar que una historia sobre la pérdida también puede ser una historia sobre la vida.

Hay una frase que resume buena parte del espíritu del libro: vivir duele y el duelo implica adaptación emocional. Después de escribir esta historia, ¿ha cambiado tu propia manera de entender la muerte, la ausencia y la forma en que seguimos viviendo después de perder a alguien?

Es curioso, porque la escritura de Dolerte duele, Lola no me ha hecho entender la pérdida de otro modo, sino de todos los modos posibles.

Una de las maravillas de la escritura es poder adentrarte en infinitas maneras de ser. Eso, sin duda alguna, me ha llevado a empatizar con otros puntos de vista diferentes al mío y, en este preciso caso, sobre diferentes maneras de transitar el duelo.

Yo hablo de la pérdida personal abiertamente y desde la cotidianidad, pero comprendo que genera recelo y, por ello, mi novela narra la cotidianidad que la rodea y de la que ninguno estamos exentos. Desde ahí creo que es más fácil romper el estigma que todavía acompaña a la pérdida.

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